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Representación de la venta de los prisioneros cristianos como esclavos en el mercado de Argel, de Jan Luyken. 1684. Amsterdam Historic Museum / Wikimedia Commons

Lo que los esclavos mediterráneos contaron sobre su cautiverio

“Mas yo, como traía aquel deseo de ver a mis padres, no sentía el camino, que en cinco días llegué, estando ellos bien descuidados dello y cumpliéndose lo que yo había escrito desde Argel”.

En 1592, tres años después de que lo capturaran los corsarios argelinos en el Mediterráneo, dice Diego Galán que escribió una carta a sus padres poniéndoles al corriente de su cautiverio. Lo sabemos porque a su regreso a tierras cristianas, él y unos pocos más como él escribieron sus experiencias como esclavos en el norte de África.

El cautiverio y la esclavitud en el Mediterráneo moderno

La esclavitud fue un fenómeno intrínseco a las sociedades mediterráneas de la Edad Moderna. Una esclavitud que no respondía tanto a las dinámicas de la trata de esclavos que se desarrolló con fuerza a partir del siglo XV, sino que se gestaba en el seno mismo de la frontera mediterránea. Esta frontera dividía, principalmente, la cristiandad y el islam en conflicto. Lo que a su vez dividía, grosso modo, las dos orillas del Mediterráneo, norte y sur. Pero también creaba divisiones internas dentro de las monarquías, los reinos y las ciudades.

Por tanto, el Mediterráneo de la Edad Moderna se conoce como una “sociedad de frontera”: un mundo constantemente en movimiento, donde se tejía un complejo entramado de relaciones económicas, culturales, sociales y políticas. Las fuentes dan testimonio de ello. Pero en medio de los conflictos y las violencias, el Mediterráneo también era una zona de cohesión y de necesaria comunicación con el enemigo. Aquí los grupos hostiles cohabitan y no necesariamente a través de la violencia.

Las personas cautivadas y esclavizadas fueron protagonistas en este contexto. Según la definición aristotélica que circuló en las legislaciones medievales, como en las Siete Partidas, y que siguió actuando en las prácticas bélicas, la cautividad y la esclavitud, fruto de la rivalidad con los infieles, se legitimaban al ser el intercambio por la vida del enemigo capturado.

Monumento que representa a Fernando I de Medici sobre cuatro esculturas de bronce que representan a cuatro esclavos. Wikimedia Commons, CC BY

En los reinos de Castilla y Aragón, hasta la conquista del Reino de Granada, el cautiverio estaba relacionado sobre todo con la guerra medieval dentro de los límites de la Península Ibérica. A partir del siglo XVI, después de la conquista cristiana de Granada, las grandes batallas se trasladaron al Mediterráneo.

Pero, además, alguien podía ser cautivado por encontrarse con un navío corsario enemigo mientras navegaba o por sufrir una de las rápidas incursiones en las costas, lo que a finales de siglo se convirtió en la forma de guerra habitual entre las potencias cristianas e islámicas: la llamada guerra del corso.

La voz del cautivo: la narración de la experiencia de la esclavitud

Por tanto, el cautiverio y la esclavitud eran fenómenos intrínsecos a las mentalidades de la época y como tales se reflejaron en las creaciones literarias. De hecho, se ha hablado de la “literatura de cautivos” como un género literario en el Siglo de Oro compuesto por unos relatos, a priori ficticios, que tomaban como personaje principal a un cautivo o a una cautiva. El ejemplo más famoso es el de Miguel de Cervantes y su capitán cautivo.

Las personas procedentes de sociedades islámicas eran esclavizadas en territorios europeos, igual que las cristianas en tierras musulmanas. En este contexto, se desarrollaron toda una serie de redes de rescate que fomentaron la interrelación entre las dos orillas del Mediterráneo.

Portada del tratado sobre Berbería, Histoire de Barbarie et de ses corsaires, elaborado por el padre redentor de cautivos francés Pierre Dan en 1637. Bibliothèque Nationale de France

Así, rescatados o huidos, algunos de los cristianos esclavizados lograron volver a sus tierras de origen. De estos, una pequeña minoría emprendió la tarea de escribir sus experiencias. Son las “narraciones de prisioneros”, “crónicas de cautivos” o “autobiografías de cautivos”, por utilizar algunas de las terminologías con las que los investigadores se han referido a estos textos.

Gracias a estos documentos, se ha intentado contar la esclavitud a partir de las propias palabras de las personas esclavizadas. Pero más que pensar que estas narraciones nos acercan a la experiencia tal cual del cautiverio y la esclavitud, los especialistas señalan que es importante no perder de vista los objetivos de estas fuentes cuando nos enfrentamos a ellas. La razón es que se puede suponer que, para lograr que el texto cumpliera los objetivos deseados por los autores (declarados explícitamente o no), se recurría a varios mecanismos discursivos. Como decía Walter Benjamin, “todo libro es una táctica”.

El cautiverio y la esclavitud mediterráneos trasladaban forzadamente a gentes cristianas a territorios islámicos y viceversa. Esto, por tanto, era problemático para una Monarquía Hispánica que estaba llevando a cabo un proceso de unificación etnorreligiosa entre sus súbditos, definiéndose frente al Otro musulmán. Es decir, la cristiandad, en este caso, lo católico y lo hispánico, se definían frente a lo musulmán, lo árabe y lo turco, paradigmas de la alteridad.

Por tanto, el exesclavo, después de haber pasado tanto tiempo en contacto con el “enemigo infiel”, generaba suspicacias en la sociedad a la que retornaba. Estas suspicacias surgían de la posibilidad de que la persona esclavizada hubiera transgredido ciertas normas sociales y religiosas o incluso de que hubiera cambiado de fe durante su convivencia con las sociedades islámicas, convirtiéndose en renegado. Así, los escritos que realizaron a su vuelta se entienden como herramientas que utilizaron para purgar esas sospechas y favorecer su reintegración en la comunidad cristiana de retorno.

Lo que se puede observar con el análisis de la selección de temas narrados en estos relatos es cómo los excautivos reconstruían su experiencia de esclavitud en Argel presentándose como católicos que no abandonaron su fe a pesar de las tentaciones, torturas y peligros, y como súbditos de la Monarquía Hispánica que no dejaron de serlo durante el cautiverio.

San Pedro Nolasco redimiendo cautivos, obra de c. 1599. Retablo del convento de la Merced Calzada en Valladolid de Pedro de la Cuadra. Nicolás Pérez / Wikimedia Commons, CC BY-SA

Hacían de su texto una narración testimonial de la experiencia de la esclavitud y representaban una esclavitud tolerable a los lectores cristianos. Para esto, le daban un sentido religioso a su cautiverio y creaban su propia leyenda de mártires, aunque imperfectos, pues su martirio no acabó en muerte. También ocultaban o silenciaban los comportamientos menos ortodoxos que podían ser problemáticos de presentar a su vuelta a la cristiandad.

Al final, en este conjunto de relatos se puede rastrear un discurso común de la esclavitud en tierras islámicas, una forma de representarla y de entenderla. Es decir, una memoria que se creó en el contexto del proyecto hegemónico católico antiislámico de la Monarquía Hispánica y, en general, del enfrentamiento entre la cristiandad y el islam. Desde aquí el exesclavo cristiano elaboraba su texto y desde aquí es desde donde se entiende.

La persona esclavizada como sujeto transimperial

Pero nuestra mirada tiene que ir más allá. A pesar de que el imaginario sitúe la convivencia con el captor musulmán en el mismo infierno, se tiene la certeza de que estos cautivos, conviviendo durante años en las sociedades islámicas y sobreviviendo en ellas, no siempre sufrieron la experiencia de su cautividad y su esclavitud como un conflicto de dos civilizaciones enfrentadas.

Filippo Lippi, esclavo en Argel en el siglo XVI, dibujando un retrato de su amo en la pared. Obra de Pierre-Nolasque Bergeret. Musée Thomas-Henry / Wikimedia Commons

Las relaciones establecidas entre cristianos y musulmanes eran mucho más polivalentes y las experiencias vividas, mucho más diversas y para nada unívocas. Es en este contexto donde se ha apreciado el esfuerzo que llevaron a cabo para reconstruir lo que habían pasado: lo ajustaban a los límites de una narración que no incluía la variedad y la heterogeneidad que podían caracterizar la vivencia del cautiverio en países islámicos.

Pero a la vez que reproducían y producían el imaginario sobre la Otredad, en realidad también colaboraban en la transmisión de conocimientos e ideas de una orilla a otra del mar interior, derivadas de su pericia, y creaban un acervo cultural propio, fruto de la misma frontera mediterránea.

En este sentido, si las personas cautivadas y esclavizadas se interpretaron durante algún tiempo exclusivamente como producto de la guerra y como mercancía, ahora también se entienden dentro de la sociedad de frontera en sí misma, como mediadores culturales de un Mediterráneo poroso que favorecía un flujo constante de personas e ideas.

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