Modestia aparte: Cómo y cuándo hablar de uno mismo

Plutarco agotado de escuchar a la gente hablar de sí misma. Everett Historical / Shuttersock

“Yo he venido a hablar de mi libro”.

Dudo mucho que Mercedes Milá se enfrentara en_ Gran Hermano_ con insurrecciones televisivas como la que protagonizó un airado Francisco Umbral que, con la convicción que le otorgaban esas canas y esa voz metálicamente profunda, amenazó con dejar el programa al que había sido invitado con esa memorable frase que se convirtió pronto en expresión de cuño diario.

Paco Umbral y el “Yo he venido aquí a hablar de mi libro”.

La escena provoca hilaridad, pero también empatía porque, en el fondo, no deja de ser cierto que nos resulta casi imposible sustraernos a la tentación de la narrativa del “yo”. Quien más, quien menos ha acabado acaparando en alguna ocasión (probablemente, en más de alguna) una conversación para hacerla girar en torno a sus propias experiencias.

Esa inclinación instintiva y hedonista que tenemos a hablar sobre nosotros mismos responde a una pulsión de la que tenemos numerosos testimonios procedentes del mundo antiguo. Bajo el nombre de periautología se auspiciaba una serie de estrategias retóricas que facilitaban hablar de uno mismo en términos positivos atendiendo a los códigos morales y culturales de cada periodo.

Plutarco, consejero de la Antigüedad

Además de los ejemplos particulares que se pueden encontrar en la literatura clásica, contamos con un opúsculo escrito por Plutarco titulado “Sobre el elogio a uno mismo” cuya lectura nos permite vislumbrar la correcta articulación de la periautología en el ambiente cultural del Imperio Romano.

Plutarco, erudito que vivió entre los siglos I-II, es conocido especialmente por sus Vidas Paralelas (escritos biográficos en los que comparaba la vida de personajes ilustres de Grecia con los de Roma), pero fue también un moralista que disertó sobre numerosos temas con un tono que combinaba la filosofía con la pedagogía. En sus escritos hallamos consejos y admoniciones sobre la amistad, la política y las convenciones sociales de su época.

Mutatis mutandis, y sin ánimo de ofender a Plutarco, algunas de sus obras pasarían en la actualidad por manuales de autoayuda. En “Sobre el elogio a uno mismo”, Plutarco combina dos de sus temas predilectos: observaciones de calado filosófico y moral respecto a los políticos, y la correcta manera de comunicarse sin incurrir en la garrulería y en la pirotecnia retórica vacía de contenido que suele darse en el discurso de las figuras públicas. Nihil novum sub sole.

Las implicaciones de una mala praxis de la periautologia, tal y como se entendió en la Antigüedad, afectaban al ethos del político y de toda persona que, desde una tribuna pública, pretendiese erigirse como ejemplo o como líder. Por este motivo, Plutarco discurrió sobre la necesidad de encuadrar en todo proceso comunicativo una narrativa del “yo” que enriqueciera el discurso y que evitara su asimilación con actitudes soberbias y pedantes.

Uno mismo, pero con moderación

Plutarco comienza “Sobre el elogio a uno mismo” estableciendo una premisa tan obvia como atemporal: la práctica inmoderada de la periautología caracteriza al hombre injusto y desvergonzado carente de mesura, que era una virtud de tal importancia en la Antigüedad clásica que el templo de Apolo daba la bienvenida a sus fieles con la inscripción meden agan, “nada en exceso”.

Templo de Apolo en Delfos. David Monniaux / Wikimedia Commons, CC BY-SA

Con todo, prosigue Plutarco, un buen gobernante no debe dejar de glorificar sus logros en tanto que por la naturaleza de su cargo constituye una figura pública de carácter ejemplar para la sociedad. La defensa ante una calumnia, por ejemplo, debía servir para que el político difamado desarrollara una periautología justificada por el agravio recibido explayándose en los méritos que se acumulaban en su haber.

Otra estrategia lícita consistía en traer a colación los méritos individuales mediante la inclusión del colectivo como sine qua non en su consecución. En la actualidad, el aplauso recíproco entre políticos y simpatizantes antes, durante y al final de un mitin, así como el uso del plural mayestático empleado desde el estrado (“hemos logrado, conseguiremos”), siguen las recomendaciones plutarquianas al respecto: el autoelogio se acepta mejor cuando se camufla como un éxito colectivo.

Otra forma sutil de periautología se fundamenta en el elogio de las acciones y virtudes de aquellos que son del mismo parecer. De este modo, comenta Plutarco, el elogio de uno mismo pasa desapercibido y genera una imagen de generosidad y empatía en quien lleva a cabo este ejercicio de ventriloquia política.

Menos ingenio requiere la mención a los dioses a la hora de exponer los méritos propios. Diluyendo lo humano en el azar divino, el político puede elogiarse sin parecer soberbio, dado que sus acciones han sido positivamente sancionadas –e, incluso, guidas– por la divinidad. Llevada al ámbito judicial, esta forma de periautología fue esgrimida como atenuante por Alí Agca, el turco que atentó contra el Papa Juan Pablo II en 1981. Una porción de su defensa se cimentó sobre la hipótesis de que Agca había sido usado como parte de un inescrutable plan divino.

Además de asesorar al político cuándo le conviene hablar sobre sí mismo, Plutarco dedica una breve sección al final de su obra para indicar cómo evitar hacer un mal uso de la periautología. El encomio de uno mismo transmuta en afán de vanagloria (“vanidad de vanidades, y todo vanidad”, como ya rezaba el Eclesiastés) y conduce inevitablemente a la fanfarronería cuando el elogio busca desacreditar y criticar a un rival.

Para Plutarco, los diferentes usos que se podían hacer de la periautología contribuían a señalar el signo político de un gobernante o de un miembro de las élites culturales. Entre el autobombo y la simple enunciación de los méritos propios existía (y existe todavía) una amplia gama de voces que el político podía adoptar.

Si las circunstancias se daban, la periautología se entendía como un elemento principal en el proceso comunicativo en el ámbito de la política y de las interacciones humanas en general. Además, por qué no admitirlo, a quién no le gusta un poco de periautología al cabo del día.