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No hay cura milagrosa, solo información dudosa

“El café, la soya y los frutos secos son alimentos que previenen el cáncer”.

“El jengibre, el eucalipto y la miel de abeja son remedios caseros que curan la covid-19”.

Diariamente, los medios nos traen información de este estilo, reportes que carecen de un sustento científico o que interpretan erróneamente los diseños y/o resultados reportados en una investigación original. Antes de usar datos de este tipo, es necesario confirmarlos: la ciencia se basa en la evidencia.

Tradicionalmente existe una pirámide que nos indica la jerarquía de la evidencia (estudios clínicos) y fue creada para guiar la toma de decisiones en salud.

Los estudios menos aplicables a pacientes se encuentran en la base, como son los estudios de laboratorio y los reportes de caso. Mientras que en los niveles más altos se encuentran los estudios con mejor diseño, como son los ensayos clínicos y las revisiones sistemáticas, estudios que se enfocan en la efectividad y seguridad de tratamientos, procedimientos quirúrgicos, vacunas o dispositivos médicos.

Pirámide de la evidencia en medicina. Wikimedia Commons / CFCF, CC BY

La historia de los ensayos clínicos

La curiosidad por conocer si algo es efectivo o no para tratar una enfermedad se documenta hasta en la Biblia. El Rey Nabucodonosor, quien gobernó Babilonia por casi 60 años hasta 562 a.e.c., obligó a un grupo de jóvenes a consumir únicamente carne y vino, pero debido a varias oposiciones a esta imposición, se realizó un experimento que consistió en dar durante 10 días una dieta de carne y vino a un grupo y una dieta de legumbres y agua a otro grupo. Al concluir el tiempo, el segundo grupo pareció estar en mejor estado nutricional que el primero, por lo que se permitió que ese grupo continuase con su dieta vegetariana.

Primera página del Tratado sobre la naturaleza, las causas y la curación del escorbuto (James Lind, 1753). Wikimedia Commons / Wellcome Trust, CC BY

Aunque este fue un interesante evento documentado para aquella época, se considera que el verdadero pionero de los ensayos clínicos fue el doctor James Lind, quien en el siglo XVIII navegaba en el barco Salisbury con marineros británicos, a quienes afligía un mal común en aquella época, el escorbuto. Lind asignó diversos tratamientos (vinagre, agua marina, limones y naranjas, entre otros) a varios grupos de marineros y determinó que el consumo de frutas cítricas era el tratamiento efectivo contra el escorbuto.

El diseño de los ensayos clínicos

Los ensayos clínicos actuales se efectúan en varias fases con participantes humanos a los que, generalmente, se los divide en dos grupos: el grupo que recibe la intervención bajo estudio y el grupo control que recibe otra intervención o placebo.

Idealmente todo ensayo clínico debería ser “cegado” o “enmascarado”, es decir, que el paciente, el clínico, o ambos desconozcan qué intervención recibe el participante. Además, los participantes deberían ser asignados al azar a cada grupo, para que ciertas características no influyan en los resultados.

Un ensayo clínico será el estudio modelo para saber si un tratamiento o vacuna son efectivos, pero también podríamos encontrar respuesta en una revisión sistemática.

Las revisiones sistemáticas son estudios que combinan ensayos clínicos para evaluar su calidad y resumir sus resultados. De manera que responden a una pregunta a través de resultados más concisos sobre un tema y ayudan a que el personal de salud y salubristas puedan tomar decisiones basadas en la evidencia.

Así que la próxima vez que se encuentre con informaciones sobre una cura milagrosa, busque el estudio original, identifique su diseño y compare si los resultados de la investigación son los mismos que reporta la noticia. No se deje engañar por ideas dudosas.

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