Monumento dedicado en Berlín a las víctimas del Holocausto. Paolo Grassi / Shutterstock

¿Qué significa el antisemitismo hoy?

“Crece el antisemitismo” es un titular frecuente en la prensa de estos días. Sólo falta precisar en qué país. Crece en países de una Europa que fue escenario de un antisemitismo genocida que pensaba haber conjurado definitivamente.

Explicar por qué vuelve es asunto harto complicado porque el antisemitismo se dice de muchas maneras. Están los viejos antisemitismos de origen religioso o laico y están otros nuevos, como el de origen árabe.

Historia del antisemitismo

El de origen religioso quedó bien resumido por el historiador Raul Hilberg en su aparición en el film Shoah de Claude Lanzmann. Hubo una primera expresión del mismo, acuñada en el siglo tercero, que decía “no podéis vivir entre nosotros como judíos”, es decir, los judíos sólo podían vivir en el Occidente cristiano si se convertían. A esta sigue otra, en los albores de la modernidad, que les dice “no podéis vivir entre nosotros”, es decir, había que expulsarles. Hitler remata el proceso con un definitivo “no podéis vivir”, y por eso fueron exterminados. Ese discurrir histórico está movido por un antisemitismo de origen religioso.

Tráiler del documental Shoah, de Claude Lanzmann.

El de origen laico que se impone al final es más sutil. La modernidad se presenta como una utopía de la igualdad. Todos iguales ante la ley. Fin de la discriminación del judío e inicio de su emancipación. Con esa igualdad formal, la modernidad se abría paso con una promesa de felicidad. Fin de la discriminación del diferente porque “antes que judíos, moros o cristianos somos hombres”, decía el Natán de Lessing en su obra Natán el Sabio. Y, al tiempo, la modernidad también anuncia que, con una educación basada en la razón libre, el hombre tenía que realizarse.

Lo que se le pedía al judío era renunciar a ser diferente y asimilarse al tipo medio del hombre ilustrado.

Aquella fórmula fracasó porque el judío, pese a su mejor disposición a asimilarse, no podía renunciar a sus diferencias. Había un “resto” o una reserva en él que era insuperable. Mahler acepta bautizarse para poder dirigir la Opera de Viena pero su música es inexplicable sin sus claves judías. Lo mismo Freud con su psicoanálisis o Benjamin con su filosofía. A esto habría que añadir la resistencia de la sociedad contra esa asimilación. No se lo creían.

El judío asimilado o convertido podía creer que el salvador era Jesús y no la ley de Moisés. Lo que le resultaba insuperable era tragar los viernes “duelos y quebrantos” que decía El Quijote. Y ésto –la comida o el vestido– era para el cristiano viejo, por ejemplo, más importante que todas las ideas o creencias.

La asimilación no parece que sea una respuesta eficaz al antisemitismo porque lo que ésta consigue (privatizar la religión y hacerla irrelevante políticamente) no llega al núcleo del problema.

Antisemitismo y su final

Hoy el cristianismo es mucho más tolerante y a la sociedad le tiene sin cuidado si el judío se asimila o no, pero el antisemitismo sigue o rebrota: ¿cómo explicárselo?

Hace años oí al Cardenal de París, Jean-Marie Lustiger, de origen judío, llamar la atención sobre un nuevo tipo de antisemitismo, muy agudo entre jóvenes marginados de la banlieu, que expresaban su desesperación “dando donde más dolía”. Era un antisemitismo de origen social no del todo nuevo, pues enlazaba con el antisemitismo genocida, según la interpretación de Adorno.

Adorno proponía tratar el antisemitismo no sólo teniendo en cuenta su genealogía religiosa o laica, sino sobre todo su final. Esa relación entre antisemitismo y Auschwitz obliga a una nueva lectura de la modernidad. Según esta interpretación Auschwitz, no sería un momento de eclipse de la razón moderna sino de despliegue de la misma. Veamos cómo.

Ya he dicho que la modernidad se presenta como una promesa de felicidad basada en la utopía de la igualdad. Ahora bien, esa igualdad, tan bienvenida, tiene aspectos discutibles: supone, en primer lugar, un vaciamiento de la subjetividad, de esas diferencias que conforman la identidad personal. Esa pérdida facilita el paso al individuo-masa.

La modernidad capitalista supone, en segundo lugar, la destrucción de las relaciones personales feudales que, aunque fueran con frecuencia de dominación, también permitían la fraternidad y la solidaridad. En su lugar aparecen unas relaciones abstractas –el mercado– que dominan sin compasión. Este es un aspecto bien estudiado por Marx y Weber.

En la medida en que esa sociedad moderna no realiza lo que promete, se produce una gran frustración del individuo que se traduce en una entrega incondicional a la masa, buscando en lo colectivo lo que no tiene en casa; y también, una búsqueda del culpable, alguien con rostro. Tiene que haber alguien de carne y hueso tras la abstracción del mercado.

Ese chivo expiatorio es el judío por tres razones: en cuanto comerciante o prestamista, es la terminal del sistema dominador. Cuando el obrero iba a comprar descargaba su ira contra quien le vendía el pan, no contra quien le pagaba el mísero salario. El comercio fue su fatal destino. Otra: en el imaginario del antisemita, el judío es el diferente, el que no se ha sometido a ese proceso de desubjetivación. Eso no lo tolera el no judío que ve cómo el que no ha pagado el precio de la modernidad es quien sale mejor parado.

Finalmente, nadie como el judío representa la odiada abstracción que le mata: su monoteísmo habla de un Dios invisible y él, en su vida profesional, siempre ha tenido con ver con lo inmaterial (el dinero o el saber). Esto explicaría que el judío fuera el chivo expiatorio que concitara el odio de sus contemporáneos.

La tragedia del siglo XX

Pero, ¿cómo explicar que ese odio acabara en genocidio precisamente en el pueblo menos antisemita de Europa? Hace falta otro elemento.

Aquello fue posible por la presencia de una patología colectiva del pueblo alemán que prefería la destrucción del otro a la propia curación. Aquí hay que hablar de filosofía alemana. Para Hegel la identidad de un pueblo se construye gracias a dos elementos: la naturaleza que nos da los medios de subsistencia y el otro que nos otorga su reconocimiento. Eso siempre ha sido así y ha valido para el tipo de ser humano que hemos querido ser.

Hitler se lo quiso saltar con su “hombre nuevo”. Él pensaba en un alemán que no debiera nada a nadie fuera de él y de los suyos. Tampoco tenía que respetar a la naturaleza a la que consideraba una cantera que explotar sin miramiento alguno. Pues bien, para visibilizar esa creación de un hombre nuevo que niega la sabiduría milenaria recogida en Hegel, había que sacrificar públicamente a quien simbolizara al hombre antiguo: alguien que reivindicara la diferencia y la naturaleza. Había muchos candidatos. Se eligió al judío, ¿por qué?

Primero, porque en esa cultura alemana se hablaba de superhombres y de infrahombres. Para Nietzsche y Hegel el superhombre era el ario; y, para ellos, el infrahombre era el semita. También porque el judío, en su empeño por ser diferente, simbolizaba bien lo extraño. Y, en su apego a la tradición, expresaba la resistencia a la novedad del hombre nuevo.

Más allá del antijudaísmo

¿Qué conclusiones se pueden sacar de esto? En este análisis hay una parte fija y otra variable. Lo fijo es la parte sistémica que exige, por un lado, el sacrificio de la subjetividad (y, por tanto, la renuncia a la diferencia) y, por otro, la presencia dominadora de un poder abstracto, que llamamos mercado o capitalismo, que es sordo a cualquier relación personal. Mientras dure eso, el antisemitismo está servido. Eso es lo que pone en marcha el mecanismo genocida que no tiene que ver con el judío sino con la frustración que provoca el sistema en el individuo moderno.

Lo variable es el judío. “Las víctimas son intercambiables”, dijo Adorno. “Son la vanguardia de los pueblos”, remachaba Arendt. Tiene que ser alguien que represente, en el imaginario del antisemita, la amenaza a los de casa. De ahí que siempre sea alguien de fuera. Hoy podría ser el emigrante o el moro. No se trata de rebajar el antijudaísmo del antisemitismo sino de llamar la atención sobre su alcance. Nadie está a salvo.