¿Trabajar ya no basta?

Solomon Hsu / Unsplash.

¿Trabajar ya no basta?

El problema de los trabajadores pobres gana día a día atención académica, mediática y política. Hasta inicios de este siglo se trataba de un asunto que preocupaba casi solo en los Estados Unidos. Desde entonces, esa preocupación se ha extendido a Europa y a todo el ámbito del capitalismo avanzado, y se han multiplicado las publicaciones académicas, los informes de organismos internacionales, como la OCDE, la OIT o la Comisión Europea, y los programas políticos que lo sitúan entre sus prioridades.

La idea de que “trabajar ya no basta” resume el relato sobre la “nueva” desigualdad en las sociedades que combinan capitalismo y estado de bienestar. El que una porción, estable o creciente, de personas no consiga salir de la pobreza, aún trabajando, supondría una transformación crucial de estas sociedades. Confirmaría que Marx tenía razón, por fin, cuando pronosticaba la tendencia al empobrecimiento relativo de los trabajadores. Si trabajar ya no basta para salir de la pobreza, el mecanismo básico de integración social se socavaría seriamente. Y reclamaría alguna solución “definitiva” para ese problema, como el establecimiento de una renta básica universal.

La ya abundante investigación sobre las dimensiones y las causas de este asunto evidencian algunos patrones nuevos de la desigualdad que merecen atención, pero que no dan para un relato tan redondo.

El propio concepto de trabajador pobre tiene matices. En las sociedades ricas no se define como una situación de carencia de los bienes básicos para un vida mínimamente digna. Se define como una situación de desigualdad relativa, como una distancia respecto a un determinado umbral de bienestar material. En el ámbito europeo, se entiende que un trabajador es pobre si está ocupado al menos la mitad del año y vive en un hogar cuya renta disponible equivalente está por debajo del 60% de la mediana de ese tipo de hogar en su país.

Así definido, es un concepto muy híbrido, afectado por muchos factores: la composición de los hogares (en la relación entre adultos ocupables y menores dependientes), el estatus laboral de todos los adultos del hogar y todas sus fuentes de renta, no solo las salariales, también las financieras, los impuestos y las transferencias.

Las personas que no trabajan

La evolución en la magnitud de los trabajadores pobres no avala ese “nuevo” relato. En perspectiva histórica, la pobreza se ha compuesto, en las sociedades preindustriales y en la inicial industrialización, mucho más de personas que trabajaban que de personas que no trabajaban. En la actualidad, la OIT estima que dos terceras partes de los trabajadores en los países en desarrollo viven en situación de pobreza extrema o moderada (1,90 o 3,10 dólares/día en 2017), aunque el total de esos pobres se habría reducido casi a la mitad desde el año 2000.

Los “nuevos” trabajadores en riesgo de pobreza alcanzaron en 2016 una tasa del 9,6% en el conjunto de la UE, una cifra que se ha mantenido bastante estable en los últimos veinte años, en los que se dispone de datos homogéneos.

Poner el foco en el riesgo de pobreza de los trabajadores puede hacer olvidar que la pobreza en edades activas se compone muy mayoritariamente de personas que no trabajan. En la UE, solo un tercio de los personas pobres en edad activa son ocupados, dos tercios son parados o inactivos. Y una tercera parte de esos ocupados pobres son auto-empleados, no asalariados.

Creciente polarización del mercado laboral

El riesgo de pobreza de los ocupados, aún sonando muy injusto, es menos intenso y persistente que el de los no ocupados. En España, solo un 4,4% por ciento de asalariados en 2014 sufría privación material en tres bienes de los que se consideran básicos, mientras que esa privación afectaba al 16,7% de los parados; ese año, un 5,4% de los asalariados sufría pobreza persistente (eran pobres en tres de los cuatro años anteriores), un riesgo que afectaba al 31,5% de los parados.

La investigación reciente no confirma una tendencia generalizada al aumento de los trabajadores pobres; ni en los países en desarrollo ni en los países ricos. Lo que sí se observa en los países ricos es una mayor resistencia a reducir ese riesgo, aún con crecimiento del empleo y con aumento del gasto social destinado a los adultos activos.

Ese agotamiento en la capacidad de reducir el riesgo de pobreza en la parte más baja del mercado de trabajo sí es un asunto importante. Pero tiene que ver con una multitud de factores. Algunos del propio mercado de trabajo, como la creciente polarización del empleo y el salario de los hogares, que crecen en las parejas de los más cualificados y se reducen en las de los menos cualificados. Otros son sociodemográficos, como el aumento de los hogares monoparentales con niños. Y otros provienen de la protección social, por la extensión de sistemas de garantías de mínimos que pueden desincentivar la ocupación, al ser incompatibles con la percepción de salario o al acercarse al nivel de los salarios más bajos.

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