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Violencia sexual facilitada por drogas: ¿burundanga… o alcohol?

La expresión “sumisión química” se repite en los medios de comunicación cuando se da cobertura a determinados casos de violencia sexual. “Vulnerabilidad química” es otro término relacionado, pero de menor protagonismo. Ambos hacen referencia a un concepto más amplio: el de violencia sexual facilitada por drogas (VSFD). Son agresiones sexuales en las que la persona perpetradora se aprovecha de estados de vulnerabilidad experimentados por la víctima y potenciados por los efectos de sustancias psicoactivas.

Este tipo de violencia ocurre especialmente con contextos de fiesta, donde se combinan dinámicas de búsqueda sexual y de consumo de alcohol y otras drogas. Se trata de un problema que debemos empezar a conocer mejor, comenzando por averiguar su alcance y utilizar los términos de forma adecuada. Y es que la percepción social sobre el problema está distorsionada: la principal sustancia involucrada es el alcohol, no la burundanga u otras sustancias conocidas como “drogas de la violación”.

Alcance del problema

En España, según un nuevo estudio, el 37,9 % de la población de entre 18 a 35 años ha sufrido VSFD alguna vez en la vida en contextos de fiesta. Esta cifra incluye aproximaciones sexuales no consentidas consistentes en tocamientos, besos, masturbación por terceros, sexo oral y penetración vaginal o anal.

Dentro de esa franja de edad, la VSFD afecta a una de cada dos mujeres (48,4 %) y a uno de cada cuatro hombres (27,0 %), con lo que ellas afrontan un riesgo hasta tres veces mayor. La diferencia entre sexos se reduce al considerar solo aproximaciones especialmente invasivas (masturbación, sexo oral, y penetración vaginal o anal), experimentadas por el 7,5 % de las mujeres y por el 6,4 % de los hombres.

Estas cifras evidencian la gravedad de un problema de salud pública que requiere una acción urgente.

Consumo involuntario vs. voluntario

La distinción entre sumisión y vulnerabilidad química depende de si la debilidad aprovechada por la persona agresora deriva de un consumo involuntario o voluntario de sustancias por parte de la víctima. El primero (sumisión) comprende distintas tipologías, como la administración encubierta (añadir una sustancia secretamente a la bebida de otra persona), administración forzosa (mediante fuerza física o coacción o presión social) e inyección (needle spiking o pinchazos).

Aunque el tratamiento mediático de este tipo de violencia sexual suele enfocarse en el consumo involuntario, la mayoría de las personas que perpetran VSFD en contextos de fiesta se aprovechan de estados de vulnerabilidad potenciados por el consumo voluntario. Este oportunismo se observa en al menos un 70 % de los casos, según el relato de la víctima.

El énfasis mediático en la sumisión distorsiona la percepción social del fenómeno. Este abordaje sesgado se explica, en parte, por una diferenciación terminológica poco apropiada. Hablar de sumisión y de vulnerabilidad pone el foco en el comportamiento de la víctima en vez de hacerlo en la persona perpetradora.

Esto genera dos tipos de víctimas y favorece una mayor culpabilización social y estigmatización de aquellas personas etiquetadas como “víctimas agredidas tras consumo voluntario”. Además, el sesgo mediático conlleva el desconocimiento de otro aspecto importante: las sustancias involucradas.

Drogas de la violación frente a alcohol

La burundanga (y su principal principio activo, la escopolamina) es una de las estrellas televisivas (e incluso teatrales) de la VSFD. A esta se suman otras sustancias como la ketamina y el GHB (éxtasis líquido), sustancias conocidas popularmente como “drogas de la violación”.

Hay estudios que indican que los jóvenes españoles creen que la burundanga está presente en casi la mitad de los episodios de violencia sexual con drogas.

Sin embargo, la realidad es que el alcohol es, con diferencia, la sustancia bajo cuyos efectos se encuentran las víctimas en la gran mayoría de las agresiones, presente, como mínimo, en un 80 % de los casos. Las llamadas “drogas de la violación” están presentes en menos del 5 % de estos episodios.

Necesidad de reenfocar el problema

La violencia sexual se caracteriza por una elevada cifra de casos no denunciados debido a sentimientos de vergüenza y culpabilidad que condicionan el silencio de las víctimas. El temor y el estigma son aún mayores cuando el suceso se ve ligado al uso voluntario de alcohol u otras drogas.

Es necesario aumentar la sensibilización social sobre la conducta oportunista de quienes aprovechan la vulnerabilidad potenciada por el consumo de alcohol para llevar a cabo agresiones sexuales. Esto es fundamental para que todas las víctimas puedan superar estigmas y buscar ayuda, independientemente de si el estado de vulnerabilidad derivó de un consumo involuntario o voluntario de drogas.

Los medios de comunicación deben adaptarse a la realidad del problema, evitando mensajes que sobredimensionan la administración involuntaria de “drogas de la violación”. En última instancia, esta sensibilización requiere políticas sanitarias que velen por la educación afectivo-sexual, así como una reflexión social sobre el uso del alcohol y otras drogas en el modelo de ocio nocturno.

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