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Covid-19 y la ética de las publicaciones científicas

Los preceptos del método científico establecen que toda investigación rigurosa debe iniciarse con la formulación de una hipótesis, fundamentada en la información disponible sobre la materia en cuestión junto con los conocimientos y experiencia del investigador. A renglón seguido, dicha hipótesis necesita ser sustentada mediante observaciones precisas y la realización del imprescindible trabajo experimental que apoye su validez. Únicamente la acumulación de datos favorables e inequívocos avalaría su publicación, generalmente mediante monografías especializadas, los populares artículos científicos o papers.

Por tanto, la publicación de resultados consistentes culminaría una etapa del largo proceso de investigación. Corresponde luego a la propia comunidad científica someter esa hipótesis a una crítica exhaustiva para refutarla o confirmar su veracidad, fortaleciéndola con nuevos principios que permitan postular una teoría coherente. Son muy pocas las teorías que alcanzan la categoría de leyes dotadas de significación universal, dando crédito a la genialidad de sus autores.

Sin embargo, en las últimas décadas, la investigación se ha convertido en una tarea exigente y competitiva, que enfrenta a grupos consolidados luchando sin cuartel por ser los primeros en alcanzar el éxito, particularmente en áreas de vanguardia y máxima prioridad. Gobiernos, instituciones públicas y fundaciones han fijado un conjunto de criterios, teóricamente objetivos pero restrictivos, para seleccionar los –supuestos– aspirantes mejores y más capaces, cuya investigación será financiada, en detrimento de tantos científicos mediocres, condenados al ostracismo.

El número y calidad de las publicaciones representa el sancta santorum de cualquier investigación actual, precepto cuantificable mediante diversos parámetros: top journals, factor de impacto, índice h, citaciones, deciles, etc., que arrojan un resultado matemático, traducible como triunfo o fracaso.

En consecuencia, numerosos investigadores se han lanzado a una carrera obsesiva y sin freno, persiguiendo la obtención de datos rápidos que garanticen publicación inmediata. Es la sublimación del axioma: “En ciencia, lo que no se publica no existe” que, usado torticeramente en estos tiempos confusos, desprecia actitudes éticas e ideas novedosas, pero difíciles y de ejecución más lenta.

Los efectos perversos de tan demencial estrategia son evidentes: una planificación repetitiva a corto plazo demanda de resultados rápidos sin contrastar, autorías falsas o un número desproporcionado de autores.

Especialmente grave es la terrible presión sobre los investigadores jóvenes, que reciben una formación degradada, sin honestidad ni ética del trabajo.

Al ver condicionado el futuro laboral al rendimiento publicacional, los casos de falsificación, fraude, plagios y otros comportamientos inmorales son y seguirán siendo frecuentes. En esta atmósfera viciada, la ciencia ha cerrado los ojos, aceptando cambiar erróneamente su paradigma: “producir” ha sustituido a “descubrir”.

Las consecuencias de esta deriva: el ejemplo de la pandemia de covid-19

Un ejemplo palmario de esta deriva científica incongruente procede de las publicaciones científicas relacionadas con la covid-19. Hasta finales de 2019, los artículos científicos sobre coronavirus eran relativamente escasos, pese a las epidemias previas conocidas como SARS (2003) y MERS (2012).

Sin embargo, la brusca irrupción de la pandemia en 2020 ha provocado un crecimiento no ya exponencial, sino estratosférico, de papers relativos a la covid-19, probablemente sin precedentes en la historia de la comunicación científica. Algunas fuentes han constatado la duplicación constante del número de publicaciones, llegando a catalogar en torno a 500 nuevos artículos diarios sobre el SARS-CoV-2.

Aunque desmesurado, tal incremento se justificaría en el terrible impacto de una pandemia planetaria aún inconclusa. No obstante, un examen más detallado revela facetas que cuestionan la ética de muchas publicaciones.

Inicialmente y para garantizar su fiabilidad, las revistas deben someter las comunicaciones recibidas a una revisión por pares. Así, son evaluadas críticamente por expertos del área de forma rigurosa y anónima. Solo su juicio favorable asegura la aceptación; esta criba desestima los artículos de bajo nivel. No siendo perfecto, este sistema editorial ha sido unánimemente aceptado.

Por el contrario, sobre la covid-19 es frecuente encontrar artículos recibidos y aceptados rápidamente, incluso en el mismo día, imposibilitando así su imprescindible revisión previa. También hallamos publicaciones superficiales, científicamente irrelevantes o carentes de controles exigibles.

En otras ocasiones, se describen ensayos terapéuticos preliminares, con muestras insuficientes o de corto rango temporal, que no permiten extraer conclusiones definitivas. También es frecuente que líneas de investigación muy distantes busquen algún tipo de conexión con el término “covid-19” para facilitar su visibilidad, con el consiguiente interés de las revistas más prestigiosas.

En nuestro mundo de intereses complejos e informaciones sobredimensionadas, las consecuencias negativas van más allá de reprobar actitudes académicas y científicas éticamente censurables.

Pensemos, por ejemplo, que la aplicación fraudulenta de propuestas de vacunas o tratamientos terapéuticos no suficientemente probados y contrastados podría poner en riesgo la vida de muchas personas, aunque las agencias de vigilancia ejerzan controles muy rigurosos.

Por supuesto, este análisis crítico no tiene una validez universal, ni pretende desmerecer la mayoría de estudios serios y concienzudos. Pero es innegable que al socaire de la pandemia y bajo la premisa “publica, que algo queda”, han visto la luz un número importante de artículos científicos conteniendo datos erróneos o poco fiables, cuando no oportunistas e innecesarios.

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