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De virus, curvas chatas, y decisiones peligrosas

“No entiendo ni me gusta que por el simple hecho de ser famoso mi opinión sea relevante sobre un tema del cual ni soy experto ni tengo conocimiento. Yo soy un tipo normal que lleva una gorra de béisbol y va mal afeitado”

Jürgen Klopp, entrenador del Liverpool FC, principios de marzo de 2020

¿Cómo se originó la COVID-19?, ¿cómo se propagó?, ¿cuál es su índice de mortalidad?, ¿cuándo lograrán controlarla?, ¿cuándo habrá una vacuna?, ¿cuándo un tratamiento?, ¿cuándo acabará el confinamiento?, ¿cuándo volveremos a la normalidad? Tras la inesperada e imparable expansión del coronavirus hasta convertirse en pandemia, la falta de información en unos casos, el exceso de información en otros, y la desinformación en general, han acabado por poner al mundo entero en un peligroso estado de alarma y confusión.

El dilema entre los efectos negativos de la COVID-19 y los efectos asociados al parón económico resultante de las medidas restrictivas sobre la población y la economía genera auténtica preocupación entre autoridades, familias, trabajadores, empresarios y comerciantes.

¿Y si un análisis epidemiológico concluyese que mantener la cuarentena hasta Navidad es lo más efectivo para erradicar el SARS-CoV-2? Obviamente, los efectos económicos serían desastrosos.

Entonces, la pregunta es: ¿Se debe acabar con la pandemia a cualquier coste?

Según estimaciones de la OCDE, cada mes de confinamiento restará dos puntos al crecimiento del PIB mundial. A priori, el sector turístico sería el más perjudicado, con una caída del 70% de su actividad (no olvidemos que el sector turístico representa entre un 13% y un 15% del PIB español).

La Fundación de Estudios de Economía Aplicada, Fedea, ha publicado un estudio en el que estima que la caída del PIB español a causa del coronavirus podría estar entre el 4% y el 8%. El porcentaje final dependerá de la intensidad y duración de la pandemia, y de qué medidas se tomen.

La COVID-19: un fenómeno temporal

Aunque dejen devastación a su paso, un desastre natural, una guerra, o una pandemia son, por su propia naturaleza, eventos transitorios e infrecuentes.

Así, lo primero que se debe considerar es la naturaleza temporal de esta crisis, lo que hace que las medidas que se adopten para enfrentarla deban ser también transitorias.

Propuestas como la implantación de una renta básica universal o de un nuevo plan Marshall a nivel global no deberían ni plantearse, dada su naturaleza permanente e irreversible. El asunto es que distintas voces apoyan estas medidas: partidos de izquierda, emprendedores multimillonarios norteamericanos, autoridades del Banco Central Europeo o la OCDE

Cuidado con las curvas

Con el confinamiento se intenta evitar el colapso de la sanidad pública. Se busca achatar la curva, prolongar el tiempo entre contagios o, lo que es lo mismo, reducir la velocidad de expansión del virus. La figura 1 resume gráficamente la idea.

Figura 1 – casos (eje vertical) y tiempo desde el primer caso (horizontal).

La curva roja representa una distribución de infectados que están colapsando el sistema sanitario. El número de enfermos (eje vertical) aumenta en muy poco tiempo (eje horizontal), y supera el umbral teórico que, en general, hace referencia al sistema sanitario público.

Entonces, si se logra “achatar” esa distribución, por ejemplo implantando medidas restrictivas, se podrá, en teoría, garantizar la atención sanitaria. O sea, a mayor confinamiento mayor achatamiento.

Pero este análisis tiene tres problemas.

  1. El primero es que asume que las personas no ajustarán sus expectativas y sus comportamientos tras el anuncio de medidas restrictivas.

    Si se dice que en breve la sanidad sólo atenderá a quienes realmente lo necesiten, y que, en breve, el país entrará en estado de alarma y se impedirá la libre movilidad, entonces las personas reaccionarán racionalmente (o semi-racionalmente), anticipándose y provocando aquello que se quería evitar: el colapso de los hospitales y el desabastecimiento en los supermercados. Y estaríamos ante el fenómeno de las profecías autocumplidas.

  2. El segundo problema es similar y se relaciona con el anterior. Individualmente, las personas tienden a actuar de manera racional pero, en conjunto, puede que parte de esa racionalidad se pierda.

    Si hay personas corriendo hacia el súper, es probable que, condicionados por ello, otros, que ni siquiera pensaban ir, también corran hacia allá. En términos económicos, estos serían los micromotivos y las macroelecciones.

  3. Y, tercero y último, el análisis sugiere que el objetivo del confinamiento no es tanto contener la enfermedad, como salvaguardar el sistema sanitario público. O sea, que se basa en que la única opción, o la más eficaz para vencer al virus, es el sistema sanitario público. Pero no necesariamente es así.

Remando en dirección contraria

¿Cuántas personas, sobre todo en las primeras semanas, han hecho uso del sistema sanitario porque racionalmente creían que estaban infectadas sin estarlo? Probablemente muchas más de las que se hubiera querido, lo cual va en dirección contraria a evitar el colapso sanitario. Pero este comportamiento responde a un ajuste de las expectativas individuales que luego tienen una macroconsecuencia. Y este comportamiento se repite en el caso de los desabastecimientos en los supermercados y, eventualmente (aunque esperemos que no), los corralitos financieros.

Gráficamente, podría parecerse a algo como lo que se aprecia en la figura 2, donde la distribución simplemente se “adelanta” a las medidas anunciadas por el Gobierno, provocando un colapso prematuro.

Figura 2 – casos (eje vertical) y tiempo desde el primer caso (horizontal), ajustando por expectativas de la gente

El confinamiento debería venir acompañado de medidas que den flexibilidad al tejido empresarial, para evitar un derrumbe mayor del que España se puede permitir.

También se debería considerar la posibilidad de una salida paulatina del confinamiento para reactivar la economía lo antes posible.

Es cierto que el coste político de la gestión de esta crisis es muy alto, pero habría que fijarse en lo que han hecho bien otros países, sortear el parón económico al que parecemos abocados, y evitar que se limiten los derechos ciudadanos. No vaya a ser que el remedio resulte peor que la enfermedad.

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