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Cartel de Amnistía Internacional (El Abrazo) (Juan Genovés, 1976). MNCARS

¿Depende nuestro razonamiento de la pertenencia a un colectivo?

La cooperación y el saber cultural acumulado han sido esenciales para el éxito de nuestra especie. Desde una perspectiva evolucionista, el camino hacia la cooperación ha exigido que los cooperadores puedan defenderse de la presencia de individuos egoístas que tratan de aprovecharse de ellos. Mientras se mantuvo en el ámbito familiar, los genes responsables de la cooperación se impusieron fácilmente.

En los pequeños grupos de cazadores recolectores, en los que todos se conocen e interaccionan de manera repetida, se pudo responder a las desviaciones egoístas, dejando de cooperar con los que no lo hacen y escogiendo como compañeros a los cooperadores. Cuando, por diversos factores materiales e históricos, los grupos crecieron en tamaño (cientos o miles de individuos), la cooperación logró mantenerse mediante la buena reputación.

En ese escenario se desarrolló una psicología normativa que promovió la adopción de normas que permitían castigar a los tramposos y premiar a los que castigaban. La competencia entre grupos con tradiciones normativas diferentes promovió el desarrollo de un instinto tribal, una tendencia innata a cooperar con los miembros del propio grupo, basada en el reconocimiento de señales identitarias características del mismo.

La lengua, las creencias y valores, las prácticas sociales y religiosas, y cualesquiera otros marcadores identitarios se convirtieron en señales facilitadoras de la cooperación dentro del grupo, a costa de agrandar los recelos ante otros grupos con identidades diferentes.

Cultura y aprendizaje valorativo

Con respecto a la cultura, nuestra dependencia del saber acumulado nos ha llevado a imitar lo aprendido por otros y adquirir así las destrezas necesarias que nos permiten sobrevivir en nuestro entorno. Para facilitar esa transmisión cultural, la selección natural nos ha hecho sensibles a las indicaciones sobre cómo debemos comportarnos por parte de las personas afectivamente más próximas –familia, amigos–, buscando su aprobación y tratando de evitar su rechazo.

Esta orientación emocional sobre qué aprender y cómo actuar es clave en la interiorización de valores y normas y, al tiempo, es responsable de que se mantengan muchas tradiciones, creencias y valores en las sociedades humanas, aunque carezcan, en muchos casos, de una justificación racional o empírica que avale su permanencia.

En síntesis, la evolución de la cooperación nos ha conducido por el sendero de identidades colectivas que compiten entre sí, mientras que nuestra condición cultural nos ha llevado a descubrir el mundo a través de un aprendizaje social tutorizado que nos permite identificar qué debemos hacer para sobrevivir y para ser aceptados por nuestro grupo social.

El razonamiento se ve afectado por estas adaptaciones

Y llegamos al corazón de nuestra pregunta inicial. La cognición humana se ha visto afectada por nuestra adaptación a la cooperación y la cultura. Ahora bien, ¿hasta qué punto esa adaptación cognitiva condiciona nuestra capacidad de analizar con racionalidad los saberes instrumentales y las tradiciones de todo tipo que imperan en las distintas sociedades humanas? La repuesta no es sencilla.

En general, el análisis del saber instrumental no presenta demasiados problemas porque su utilidad puede contrastarse. Bien distinto es el análisis de las tradiciones normativas e ideológicas, que definen a cada identidad colectiva, ya que depende en buena medida de la relación emocional que tenga el observador con la misma.

La educación en clave valorativa, a través de la gente más cercana, nos permite construir una imagen del mundo, de las ideas y de las prácticas que profesamos, que percibimos como objetiva, al margen de cuál sea su estatus epistemológico.

Es nuestra condición de _Homo assessor_ que nos ha llevado a ser lo que somos, pero que nos impide mantener una distancia crítica con respecto a nuestro mundo y nos produce una sensación de extrañeza y rechazo ante la presencia de creencias distintas en otros grupos humanos.

Hay también otras muchas normas, prácticas o costumbres que adquirimos sin esa carga emocional y simplemente las asumimos para mantener nuestro rol en el colectivo, aunque podamos discutir su validez. La tendencia a aceptar de manera acrítica aquello que nuestro entorno aprueba se agudiza cuando nuestro grupo entra en conflicto o rivaliza con otro.

Nuestra estructura cognitiva nos permite analizar y criticar, de manera más o menos certera, las debilidades ajenas y, al tiempo, tiende a ignorar las propias, como sabiamente advierte el refranero: es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el nuestro.

Dos ejemplos en política

Analicemos, como ejemplo de lo expuesto, el comportamiento con los partidos políticos. La mayor parte de los votantes de un partido político mantiene una distancia emocional con el mismo que les permite detectar las inconsistencias en las que a menudo incurren sus dirigentes. Esto, sin embargo, no suele ser suficiente para cambiar el sentido del voto, ya que muchas veces se vota al partido, o al líder, que genera menos rechazo y todos cometen errores que sirven para confirmar nuestras preferencias.

El impetuoso ascenso y la posterior caída de Ciudadanos se produce porque creció captando votantes descontentos con las alternativas existentes, pero cuya relación con el nuevo partido carecía de historia, de ligazón afectiva, y esto hizo posible, ante el extraño giro ideológico de sus líderes, que muchos dejasen de votarle, sin que les afectase emocionalmente su casi desaparición.

Por el contrario, el éxito reciente del independentismo catalán ha surgido de su capacidad para unir el sentimiento nacionalista con un proyecto político concreto, el procés. Esa ligazón emocional le confiere a la relación una enorme consistencia, de la que es prueba fehaciente su aparente invulnerabilidad ante las decisiones del Parlament o el Govern de la Generalitat.

En resumen, tenemos una gran dificultad para elaborar un análisis racional, desapasionado y no partidista de las tradiciones, creencias y valores que los grupos humanos adoptamos. A la cognición humana le cuesta especialmente identificar cuáles son los elementos de nuestro pensamiento que actúan como axiomas, cómo, cuándo y por qué los hemos asumido y cómo condicionan nuestra percepción de lo que los demás piensan. No hay solución fácil.

Una buena parte de los lectores aceptarán de buen grado nuestro análisis, pero difícilmente serán capaces de aplicarlo a sus propias convicciones. Nos queda el consuelo de que ese ha sido el precio a pagar por nuestra evolución como organismos culturales y cooperadores.


Este artículo ha sido escrito en colaboración con Miguel Ángel Castro, doctor en Antropología Social, profesor de Bachillerato en la Comunidad de Madrid.


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