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Diez ideas para un tránsito digital exitoso de las universidades

Las decisiones que tomamos en medio de una crisis para resolver un problema no son las que tomaríamos para el mismo problema en circunstancias normales. Siempre hay datos que conocemos, datos que no conocemos, datos que no sabemos que conocemos y datos que no sabemos que no conocemos.

Este último marco es el que se da cuando sobreviene una crisis de naturaleza y efectos desconocidos como la que padecemos en estos meses. En esas circunstancias hay que tomar decisiones que en la mayoría de los casos no están informadas y, por tanto, sobre cuyas consecuencias no tenemos información suficiente y que, ocasionalmente, pueden tener efectos indeseados.

En nuestro caso, nos ha pasado como en la fábula de Pedro y el lobo. Que el modelo online estaba ganando presencia y había que prestarle más atención se sabía. Se venía insistiendo en la necesidad de considerar en todos los niveles, naturalmente también en el universitario, las tecnologías y todo lo que conllevan: desde la asunción de la nueva realidad que definen, hasta el establecimiento de estrategias adecuadas para un uso. Pero por diferentes motivos (presupuestarios, de prioridad, de calendario, etc.) nunca encontramos el momento de hacerlo.

El cambio de modelo

De buenas a primeras, hemos tenido que recurrir a la digitalización de la docencia, cambiando súbitamente de modelo, casi sin preparación por parte de prácticamente todos los actores que intervienen en el proceso de enseñanza-aprendizaje: gobiernos universitarios, alumnado, profesorado, personal administrativo y técnico, especialistas en informática…

En conjunto, la experiencia ha sido positiva. Hemos asumido responsabilidades, improvisado metodologías, aprendido técnicas y perdonado muchos errores involuntarios cometidos por parte de los distintos agentes involucrados. Mucha experiencia para no aprovecharla.

Por eso, ante el comienzo del próximo curso, es un buen momento para analizar, con más tiempo y sin precipitaciones, las posibles consecuencias, las oportunidades, en definitiva los pros y contras que puede traer el tránsito al escenario online del actual modelo de universidad.

Antes de definir una nueva universidad

A modo de lista, antes de definir un nuevo modelo de universidad, y sin que el orden de exposición implique importancia alguna, convendría tener en cuenta estas 10 cosas:

  1. Lo primero que habrá que hacer es justificar y explicar, con razones suficientes y sobrada transparencia, por qué migramos a un nuevo modelo online el servicio público universitario. Esto es absolutamente necesario porque en muchos ámbitos geográficos la universidad trasciende su misión educadora y actúa como motor, como principal motor económico de la ciudad o región y los posibles beneficios o perjuicios deben de ser conocidos por todos.

  2. Entonces, habría que aclarar cuáles son las ventajas competitivas que ofrecería el cambio de modelo respecto a otras instituciones. Necesitamos conocer tan bien como el actual escenario presencial el nuevo ámbito online al que se va a migrar, en el que desde hace mucho tiempo ya hay actuando otras organizaciones, no necesariamente de nuestro entorno geográfico, que presumiblemente conocen mejor ese ámbito. El salto que demos tiene que estar bien calculado.

  3. No se trata de adosar tecnología a nuestra universidad, sino de aplicar la tecnología para mejorar nuestras ofertas. La mera adquisición de la última tecnología disponible no garantiza el éxito del tránsito. La tecnología ha de ser la que necesite la comunidad universitaria, pero no al revés, es decir, no se puede modificar la universidad en aras de aprovechar la tecnología disponible. Pero si se asume esta inversión de objetivos, habrá que reflexionar sobre las consecuencias que habrá en los distintos sectores universitarios.

  4. ¿Todos los miembros de los sectores de la universidad estamos capacitados para el cambio? La formidable actuación que todos sin excepción hemos tenido desde marzo hasta aquí, el compromiso con nuestra misión ha sido tan excepcional como las circunstancias que nos han llevado a ello.

    Pero el ánimo, la necesidad, la solidaridad demostrada para superar la prueba no es demostración de capacidad. Ni la sociedad en su conjunto, a quien en definitiva proyectamos nuestro trabajo, tiene suficiente nivel competencial para interactuar con un modelo online, ni tampoco lo tiene todo el mundo dentro de la universidad. Por tanto, hay que tener bien diseñado un plan de alfabetización digital interna y externa acomodado a la realidad de cada institución.

  5. Hay que poner en marcha cuanto antes una estrategia de equidad digital y de valorización de las tecnologías que llegue a todos, porque durante el periodo que acabamos de vivir ha habido muchas situaciones dramáticas derivadas de la crisis, tanto personales como familiares, que se imputan a la influencia y gran protagonismo adquirido por la tecnología en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

    Pero como la tecnología está para mejorar nuestras vidas, asegurar que nadie se va a quedar atrás por falta de recursos tecnológicos es esencial para el bienestar social y para no agrandar más la ya existente, y no banal, brecha digital, y para fortalecer el papel de la universidad como servicio público.

  6. El marco regulatorio universitario tendrá que adaptarse a la nueva realidad en todos sus niveles: gubernamental, autonómico y local. No se puede dejar a la improvisación nada referente a los diferentes esquemas de gobernanza que hay que contemplar, tanto nacionales como regionales y locales, ni a los reglamentos de centros y departamentos, títulos o duración y carácter de las tutorías.

    No se trata de hacer una versión online de lo que ya hay, sino de diseñar toda una normativa legal que defina el funcionamiento del nuevo modelo.

  7. Hay que estar preparados, tener perfectamente claro que el cambio normativo al escenario online conllevará un profundo cambio en el sistema, que verá cómo su arquitectura cambia, apareciendo una nueva configuración estructural del sistema que llevará aparejada la definición de nuevos perfiles laborales, formativos, administrativos y de servicios (lo que eventualmente puede acarrear importantes ajustes en la dimensión de cada universidad).

    Particularmente, habrá que tener en cuenta qué carreras se quieren, con qué contenidos, con qué tipo de prácticas, con qué duración, con qué competencias…

  8. La transición al modelo online exige inversiones. La tecnología actualmente disponible es válida para el modelo que tenemos, pero para uno nuevo menos presencial, sobre todo si se piensa en su progresivo fortalecimiento y expansión, hay que asumir una financiación ajustada a los objetivos, continua en el tiempo y, principalmente, atendiendo a necesidades inexcusables de personal técnico de gran nivel de especialización.

  9. La transición tiene que ser consensuada con los demás socios con los que cada universidad se relacione. Hoy día todos trabajamos en red, en grupos de universidades, y no puede hacerse un cambio de modelo sin tener en cuenta que todos nuestros socios tiene que moverse en la misma dirección (pensemos en becas de intercambio, programas tipo Erasmus…).

  10. El cambio ha de incorporar soluciones tecnológicas interoperables, coordinadas en todos los niveles de actividad y en todos los sectores, que permitan interactuar a las diferentes comunidades universitarias de cada universidad, interna y externamente. Se trata de un requisito fundamental para evitar el aislamiento, absolutamente incoherente con un modelo online.

Diferentes escenarios

Los cambios no tienen por qué ser del 0 al 10. De lo completamente presencial a lo absolutamente online. Habrá escenarios en los que convenga, otros en los que no y otros, los más, en los que interese transformar solo una parte.

La universidad cumple una misión social de tan alto nivel, con tanta influencia, tradición y cualificación que, sin renunciar nunca a la continua revisión de sus esquemas, merece que se le preste la máxima atención cuando se trata de cambiarla.

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