Europa 2020, ¿de nuevo el escenario de un Plan Marshall?

En la Alemania de 1946, un pollo se intercambiaba por treinta cigarrillos. Un cuarto de azúcar o 75 gramos de mantequilla también podían canjearse por una caja de cigarrillos. En poco más de una década, los alemanes habían pasado del glorioso patrón oro al “patrón cigarrillo”.

Vista aérea de los edificios de Hamburgo, Alemania, destruidos durante la incursión de bombarderos de la RAF en la noche del 27 al 28 de julio de 1943 (Operación GOMORRAH). Wikimedia Commons / Imperial War Museums, CC BY-NC-SA

La devastación bélica había destruido el funcionamiento de la economía basado en el intercambio producto-dinero en la mayor parte de Europa. En mayo de 1945, cuando el nazismo sucumbía en un Berlín asediado por el Ejército Rojo, aún quedaban meses para que los ataques nucleares de Hiroshima y Nagasaki sellaran el final de la contienda.

Como el historiador británico Keith Lowe expone en Continente salvaje. Europa después de la II Guerra Mundial (Galaxia Gutenberg, 2014), los meses posteriores al final de las hostilidades fueron algo muy alejado de una idílica imagen de paz, fraternidad y solidaridad entre estados europeos.

Las violaciones y abusos por parte de las fuerzas de ocupación, los ajustes de cuentas, los desplazamientos masivos de población, la destrucción, el hambre y la miseria no desaparecieron del suelo europeo tras el lanzamiento del último obús.

Así sería durante un largo periodo que, sin embargo, hoy tiende a ocultarse tras una imagen de éxito prodigioso e instantáneo en la recuperación económica. Efectivamente la recuperación vendría, pero más adelante.

¿Volvemos a la casilla de salida?

En el actual contexto de crisis a causa de las terribles consecuencias sociales y económicas causadas por la COVID-19, son muchas las voces que reclaman la puesta en marcha de algo parecido a un Plan Marshall europeo, para propiciar la reconstrucción y puesta en marcha de la economía del continente.

Parece obviarse el tiempo y lugar en que se propuso y desarrolló dicho plan, y se asume que todo pasa por preparar y disponer de una importante inyección financiera que posibilite el ansiado milagro. Pero nada es tan sencillo.

Las similitudes entre ambas coyunturas deben ser observadas con precauciones, atendiendo esencialmente a tres factores:

  1. La diferencia en el extraordinario nivel de destrucción de capital e infraestructuras de todo tipo que tuvo lugar en el territorio europeo entre 1939 y 1945.

  2. El catastrófico volumen millonario de pérdidas humanas generadas por la guerra en bajas civiles y militares.

  3. El carácter esencialmente diplomático –y parcialmente económico– que rodeó a la creación del European Recovery Plan (ERP), al que se conoce como Plan Marshall, pues fue presentado por George C. Marshall, Secretario de Estado de los Estados Unidos, en la Universidad de Harvard en junio de 1947. Efectivamente, dos años después del final del conflicto en Europa.

Bretton Woods fue primero

Menos conocidos, y más trascendentes en términos globales, son los acuerdos de Bretton Woods, celebrados en julio de 1944, de manera prácticamente sincrónica al desembarco de Normandía.

El debate en esas reuniones fue intenso, especialmente entre el delegado estadounidense, Harry Dexter White, y el británico, John Maynard Keynes, que abogaban por fórmulas de coordinación económica sustentadas en un mayor o menor peso del papel individual de los estados.

La reunión permitió la configuración de una serie de instituciones económicas de alcance mundial y largo recorrido hasta el presente (el FMI, el Banco Mundial, y las primeras iniciativas que conducirían al GATT, precedente de la actual Organización Mundial del Comercio).

Se contempló asimismo la necesidad de estimular la recuperación europea a través de un plan de ayudas financieras otorgadas en condiciones muy favorables, que serían gestionadas a través de la Administración de las Naciones Unidas para el Auxilio y la Rehabilitación (UNRRA).

Estas nuevas instituciones servirían para articular el programa de ayudas, cubriendo esencialmente desequilibrios en las balanzas de pagos, fruto del endeudamiento bélico. Estas medidas proporcionarían una relativa estabilidad económica y política a Europa.

Plan Marshall: un coctel de política, economía y filantropía

Primera página del Plan Marshall. Wikimedia Commons

La vinculación entre el final de la guerra y la puesta en marcha del Plan Marshall no fue inmediata, como vemos, sino que requirió de una agenda política y negociadora muy compleja. El programa obedecía realmente al interés de los norteamericanos en ayudar a la recuperación de aquellos países que optaran por adecuar sus políticas a una serie de condiciones que permitieran la continuidad del capitalismo frente al comunismo.

De hecho, para que el sistema pudiese funcionar de forma adecuada, se crearon oficinas y sucursales de empresas estadounidenses en suelo europeo. Con este mismo fin se crea la OECE (antecedente de la actual OCDE).

La Unión Soviética se negó a participar y bloqueó la posible participación de los países de la Europa del Este, propiciando así un aumento de la tensión entre las partes, que terminaría finalmente con el inicio formal de lo que se conoce como Guerra Fría.

La URSS se encontraba entonces fuertemente asentada en el corazón de Europa, tras su avance militar contra Alemania y su posterior ocupación. La situación crítica de la economía, y la fuerza de los partidos y sindicatos comunistas, ponían en peligro la estabilidad de las democracias liberales, de un modo similar a lo que había ocurrido en la década de 1930, tras el colapso del capitalismo liberal.

Como señaló Hannah Arendt, ya en los años treinta se había constatado cómo los regímenes totalitarios podían llegar a tener mayor ventaja comparativa a la hora de implementar políticas sin ningún tipo de consenso social ni negociación política. La destrucción causada por la guerra generó un caldo de cultivo de dolor, muerte, pobreza y falta de expectativas que reforzaba la posición de la Unión Soviética en Europa.

Es en este contexto complejo e inestable donde debe situarse el despliegue del plan económico estadounidense para la recuperación europea.

El desarrollo del Plan Marshall ofrece, por tanto, un perfil primeramente político, secundariamente económico, y solo marginalmente filantrópico. El programa se fundamentaba además en reactivar la economía europea mediante importantes ayudas en materiales y bienes industriales, y no tanto recursos financieros: aproximadamente un 60% de las ayudas directas fueron materias primas, productos alimenticios y fertilizantes. La reactivación del comercio euroamericano también era un objetivo prioritario.

Estado de bienestar para una Europa devastada y dividida

Cartel promocional del Plan Marshall (1950), con el texto Cualquiera que sea el clima sólo juntos alcanzamos la prosperidad. Wikimedia Commons / E. Spreckmeester

La relevancia del Plan Marshall y su impacto económico no se refieren exclusivamente a una inyección económica, sino a la extensión de un modelo socioeconómico fundamentado en la consolidación del estado del bienestar.

Los principios rectores de estabilidad social y política que propugnaba el proyecto en su conjunto eran inaplicables sin unas reformas fiscales progresivas y un avance firme hacia nuevos modelos de relaciones laborales basados en la concertación.

La cooperación europea, reformas fiscales progresivas y la construcción de un estado del bienestar, fruto de la presión social, eran tan decisivos o más que el programa de ayudas. Todo ello en un contexto de repliegue intelectual del liberalismo ortodoxo.

La propia debilidad política y social de una Europa devastada por la guerra facilitó la puesta en marcha de políticas de tipo keynesiano para actuar como un contrapeso social y político decisivo frente al comunismo.

La experiencia histórica podría ser útil y tenerse en cuenta en ese futuro plan de recuperación europeo tras la crisis de la COVID-19.

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