Expediente Trump: ¿por qué tantos estadounidenses siguen creyendo en él?

Donald Trump, rodeado de seguidores.

Expediente Trump: ¿por qué tantos estadounidenses siguen creyendo en él?

Después de la desastrosa participación de Donald Trump en la última cumbre de la OTAN y tras haber provocado una guerra comercial entre Estados Unidos y la mayor parte de sus aliados, cualquiera podría pensar que a estas alturas su popularidad debe estar por los suelos.

Sin embargo, el 87 por ciento de los republicanos sigue apoyando al presidente estadounidense.

El inquebrantable apoyo de una mayoría de votantes de Trump es sorprendente dadas sus muchas declaraciones polémicas. Acusa a la prensa acreditada de difundir noticias falsas, mientras que él se dedica a compartir información dudosa por su cuenta. Debilita la autoridad de los medios y las instituciones científicas que tradicionalmente se han encargado de transmitir conocimiento. Su estilo comunicativo no hace honor a la verdad.

Posiblemente, Trump continúe siendo popular gracias a su labia y a que sus historias guardan una relación con la verdad distinta a la de otras afirmaciones.

La gente puede aceptar historias que contengan incoherencias siempre que armonicen con sus propias experiencias y les hagan sentir los protagonistas de su propia narrativa.

El paradigma narrativo

A principios de los años 80, Walter Fisher, un profesor de Comunicación de la Universidad del Sur de California, fue pionero en el desarrollo del “giro narrativo” en el campo de las Ciencias Sociales. Este profesor definió a los seres humanos como “homo narrans” y “animales que usan símbolos”.

Fisher concibe la comunicación humana como un intercambio de historias. A través de estas historias podemos comprender el mundo, independientemente del rigor de los enunciados que las componen. Y es que las historias nos permiten establecer enlaces coherentes entre distintos eventos. Enlaces que, después, evaluamos basándonos en nuestro propio entendimiento del mundo. Es decir, Trump, como cualquier populista, cuenta historias que permiten a sus partidarios comprender el mundo conectándolo a su conocimiento, experiencias e identidades.

De acuerdo con Fisher, una historia resultará coherente si su secuencia de eventos está bien construida y si las relaciones entre sus personajes son lógicas. Ese es, de hecho, el primer criterio: la coherencia narrativa.

Una buena historia incluirá, por ejemplo, unos protagonistas unidos bajo una misma búsqueda. Puede que su objetivo sea algo material, dinero o ser querido; o puede que sea inmaterial, como la felicidad o la justicia. Algunos personajes, el héroe y sus aliados, colaborarán para completar esta búsqueda. Pero habrá otros, sus adversarios, que también perseguirán los mismos objetivos.

Una historia nos parece verosímil cuando coincide con nuestra visión del mundo. El lector, o el oyente, podría sentirse desconcertado si una historia no se corresponde con sus propias experiencias ni con su concepción de la realidad. La ficción admite una falta de verosimilitud bastante más significativa que otros géneros, pero, en cualquier caso, siempre habrá algo de verosimilitud presente.

La gente aceptará las narrativas como verdaderas si se corresponden con la forma en que ven el mundo. Kayla Velasquez/Unsplash

Historias para que Estados Unidos sea grande de nuevo

Las historias que cuentan los políticos deberían, no obstante, ser más fieles a la realidad. Pero este tipo de narrativas no siempre aluden al mundo real, como sí hace la ciencia, sino a la imagen que ya tenemos del mundo.

Así, las historias que los candidatos populares y los cargos electos cuentan deben armonizar con las creencias y concepciones del mundo de sus partidarios. Por este motivo, las historias de Trump impactan de forma distinta en grupos diferentes.

Para un sector de la población, la información que puedan presentar los expertos, ya sea información verificada o que proceda de redacciones reputadas y datos estadísticos, no suena tan convincente, ni encaja con la realidad que ellos viven.

Los mejores ejemplos del uso del discurso son su promesa de construir un muro para evitar la entrada de mexicanos “ilegales” y su veto a los inmigrantes procedentes de países con mayoría musulmana. Su discurso alimentó sus acciones que, a pesar de que fueron ampliamente criticadas, armonizaron con percepciones tan arraigadas en el imaginario estadounidense, como son la idea de que los mexicanos “roban” sus puestos de trabajo o la de que los musulmanes son terroristas.

Estas dos narrativas cumplen con los criterios de Fisher.

En primer lugar, son coherentes, pues los protagonistas desempeñan un papel firme afirmando que los mexicanos y los musulmanes son “los malos”, los que quitan a los estadounidenses buenos puestos de trabajo y la posibilidad de sentirse seguros. En segundo lugar, son verosímiles, ya que reflejan las preocupaciones de muchos estadounidenses que lidian con situaciones de desempleo, que no se sienten seguros y que, por supuesto, tienen miedo de los extranjeros.

Trump suena razonable ante los “marginados”

Muchos estadounidenses se quedaron marginados tras la globalización de la industria manufacturera, incapaces de adaptarse a los cambios como consecuencia de las debilidades de su sistema educativo. Muchos acabaron viviendo en un mundo que ya no entendían, sintiéndose impotentes. Pero el discurso de Trump les ha hecho sentirse grandes otra vez.

Como ya explicó el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, la voluntad de ostentar el poder no siempre se manifiesta como el deseo de entender el mundo, sino como el deseo de cambiarlo para que este se corresponda con concepciones propias.

De forma similar, Trump, en lugar de proponer a los estadounidenses que se adapten y asimilen la nueva realidad socioeconómica del país, les ofrece políticas reformistas: cambiar el mundo para que este se adapte a su conocimiento del mismo.

Se podría decir que, dándoles un lugar en la narrativa que los marginó, les está devolviendo el poder que perdieron.

This article was originally published in English

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