Fake News: no me leas que no te creo

La desinformación, la propaganda y las operaciones psicológicas (PsyOps) se han utilizado como herramientas o armas desde tiempos remotos.

En estos últimos quince años, donde las redes sociales acogen y conducen grandes debates públicos sobre todo tipo de temas, hemos visto nacer como sociedad un nuevo fenómeno que no es más que una nueva generación de técnicas de desinformación basadas en los últimos avances de la tecnología.

De esta forma, fuentes presuntamente “confiables” en Internet nos informan de sucesos falsos o tergiversan al máximo noticias reales, mezclando dicha información (más o menos precisa y objetiva) con imágenes o grabaciones de vídeo que (de forma artificial) demostrarán la veracidad de dicha noticia.

Existen múltiples definiciones de las llamadas fake news (podríamos traducir al castellano como paparruchas) pero una que podríamos utilizar sería la siguiente:

Información deliberadamente engañosa, que se difunde con apariencia de noticia real con intención de confundir o generar un daño reputacional y que se crea de forma que se facilite su transmisión (voluntaria) de forma viral por un gran número de personas en un corto periodo de tiempo.

Dinero, reputación y táctica

Los objetivos de estas noticias pueden ser diversos, incluyendo los económicos (si pueden generar beneficios a terceros en operaciones de bolsa o inversiones, por ejemplo), reputacionales (dañar la imagen pública de ciertas personalidades), tácticos (afectar a la confianza de las personas en una institución) o de tipo hacktivista (lanzar sus mensajes de forma especialmente llamativa).

Es obvio que influir en procesos electorales es otro de los objetivos, como hemos podido comprobar con casos como el Brexit en Reino Unido, el proceso electoral que llevó a Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos o los acontecimientos en Cataluña durante 2018. Un caso que explica perfectamente este efecto es el conocido como “Pizzagate” en EEUU.

El principal problema con este tipo de actividades (en muchos casos orquestadas por agencias de inteligencia o crimen organizado con gran disponibilidad de medios) es que, como sucede a nivel general en Internet, no es sencillo identificar a las fuentes ni asociar dicha actividad con zonas geográficas concretas. Así, es posible usar identidades falsas e incluso actuar bajo “falsa bandera”. En consecuencia, es muy difícil valorar el grado de confianza que podemos tener en una determinada fuente o en una noticia.

La viralidad es un método ágil de transmisión de la información (una imagen o vídeo acompañados de una frase o párrafo breve) en el que muchas personas retransmiten estas “noticias” que han recibido a sus contactos. De esta forma, partiendo de un único mensaje original, podremos alcanzar a miles o quizás millones de personas. Cuanto más llamativa (o escandalosa) nos parezca la información recibida, más nos sentiremos obligados a compartirla (voluntariamente) con nuestra red. Esta comunicación puede ser realizada a través de redes sociales como Facebook o Twitter, donde terceros y autoridades podrán observar el proceso, y en Whatsapp, donde estas transferencias funcionan como un vulgar rumor y son mucho mas difíciles de trazar o incluso perseguir, si fuera el caso.

Más internet, menos TV y prensa

Con un porcentaje de la población importante (85% en 2018) que obtiene información sobre noticias en Internet y en particular de redes sociales (que de por sí, suelen adaptar automáticamente el contenido una vez has sido perfilado para darte más noticias similares y mantenerte más tiempo conectado) es obvio que un enfoque dirigido a ese vector de entrada será útil y eficaz.

Será sencillo crear una identidad falsa y de forma manual o automática (bots) generar información “falsa o preparada” con intención de que esa noticia tenga un eco importante (si es lo suficientemente llamativa para su público objetivo). Si esa noticia consigue calar en un grupo inicial de personas, la viralidad (y los medios de comunicación de todo tipo, si fuera el caso) se encargarán del resto, generando un impacto social elevado teniendo la noticia en sí misma muy bajo nivel de confiabilidad (quizás sea un periódico inexistente o una réplica falsa de un medio de comunicación famoso).

Un reciente informe del MIT confirma que este tipo de noticias se transmiten por Internet a una velocidad muy superior a las “reales”. Con este tipo de técnicas, agentes maliciosos podrán crear y hacer crecer noticias escandalosas, malintencionadas y casi siempre confusas con intención de, por ejemplo, polarizar opiniones sobre líderes/partidos políticos, con las instituciones de un país o en sucesos que se utilizan como núcleos de discusión especialmente activos (independentismo, por ejemplo).

Muchas personas que consultan noticias en el teléfono móvil raramente verán los informativos de televisión con la debida atención o leerán prensa escrita. De esta forma, no habrá una fuente confiable para contrastar la noticia y será fácil impresionar a una audiencia que, cada vez más, confía o decide no dedicar mucho tiempo a analizar la fiabilidad de la información que le llega. Estas personas se convertirán en parte de la cadena que hará que esa noticia falsa termine siendo la primera imagen del telediario.

Plan de respuesta de la UE…

La Unión Europea ha estado trabajando en el tema los últimos años y ha creado un plan de respuesta que está desarrollando nuevos métodos de coordinación entre los estados miembros, así como un equipo de monitorización central con herramientas especializadas (muchas de ellas basadas en técnicas de Inteligencia Artificial).

En España, estamos siendo testigos de un creciente número de casos de noticias falsas en diversos medios y con distintos objetivos. En muchos casos con gran impacto mediático (cuanto más intrigante o escandalosa sea la noticia, mejor difusión y mayor viralidad). Un informe reciente de la UCM confirma y explica este escenario.

El caldeado ambiente político actual del país y los próximos procesos electorales no hacen más que acrecentar el temor a que como sociedad seamos víctimas de múltiples fake news y esa actividad maliciosa consiga su esperado efecto persuasor y nos haga, de forma mayoritaria, cambiar o consolidar ciertas percepciones sobre política que claramente reflejaremos en nuestro voto o ante nuestra posible intención de no votar, emitir un voto nulo, etc.

… y la respuesta española

El gobierno español ha creado, para este caso (elecciones generales, europeas y autonómicas), un equipo que intentará detectar y neutralizar dichas fake news de forma que el esperado impacto no se produzca o lo haga solo de forma anecdótica. Para ello, se ha creado un grupo en el que se integran expertos del Departamento de Seguridad Nacional, la Secretaría de Estado de Comunicación y de los ministerios de Interior, Defensa y Exteriores.

En este mundo digital del siglo XXI nuevas regulaciones intentarán que este fenómeno tenga el menor impacto posible en la convivencia y en la paz internacional, pero es evidente que el desafío es muy importante. Solo con ayuda de herramientas automáticas (IA) y un mayor nivel de concienciación como sociedad, podremos afrontar un futuro más objetivo y libre de intromisiones.