Menu Close
mapa de España con una chincheta verde pinchada en Madrid.

Geoeconomía: desequilibrios territoriales y cómo atajarlos

La geoeconomía es un concepto acuñado en plena Guerra Fría, ese periodo en el que el mundo estuvo prácticamente dividido en dos bloques, con Estados Unidos y la Unión Soviética a la cabeza de cada uno, con dos líneas de pensamiento y dos visiones del mundo contrapuestas y antagónicas.

Fue Edward Luttwak quien introdujo el término de geoeconomía para describir cómo las naciones seguían manteniendo sus antiguas rivalidades, empleando para ello los medios económicos en lugar de los bélicos que se habían utilizado en épocas pasadas.

Localización y riqueza

Hay zonas más estratégicas que otras por su posicionamiento y localización. Las zonas fronterizas han sido tradicionalmente áreas de riqueza, movimiento e intercambio cultural, social y económico. Ciertas condiciones han influido en el desarrollo económico de los distintos territorios, generando en algunos de ellos más oportunidades comerciales y un mayor crecimiento económico.

En la consolidación de las regiones intervienen aspectos económicos, porque actúan como factores de tracción, así como la ubicación geográfica, ya que esta es estratégica.

La geoeconomía es un asunto principal en la agenda europea para la estabilidad de la Unión Europea.

España es un país con una ubicación estratégica para los intereses europeos. Es puente hacia los países latinoamericanos y es imprescindible en las políticas que se pongan en marcha en relación con los países africanos. España es también un territorio básico para la preservación de la seguridad europea.

El dibujo de la realidad española

En el ámbito interno, España ha concentrado sus puntos neurálgicos industriales y de negocio en áreas muy específicas, dando lugar a planteamientos y modelos de crecimiento muy diferentes.

Desde finales de los años 50, y con gran fuerza en la década de los años 60 del siglo XX, España experimentó un desarrollo industrial unido a un crecimiento urbano que dividió el país en áreas industriales, áreas turísticas y otras ganaderas y agrícolas, conformando un mapa en el que aparecen problemas relacionados con desajustes de la equidad interterritorial.

La zona industrial, concentrada en el norte del país, y la turística, repartida por las costas mediterráneas, experimentaron un desarrollo notable. Estas dos, junto a la zona centro, eminentemente empresarial y de servicios, se convirtieron en fuertes ejes económicos, absorbiendo gran cantidad de inmigrantes, que dejaban sus lugares de origen en busca de trabajo y oportunidades.

Este incremento de la población favoreció el desarrollo de las infraestructuras, los transportes, las comunicaciones y los servicios en esas zonas, y ayudó a la estructuración y vertebración de las conexiones que han facilitado el comercio, el intercambio y el acercamiento de ciertos territorios.

El poder económico y la influencia comercial han generado nodos territoriales de riqueza y prosperidad, mientras otras zonas se han quedado rezagadas al no tener las condiciones necesarias para beneficiarse de las mismas oportunidades de evolución y progreso.

España postcrisis: Evolución de la población entre 2008 y 2018. El Orden Mundial / EOM / Abel Gil Lobo, CC BY-NC-ND

Las debilidades y fortalezas de los territorios españoles

La geoeconomía ha sido un factor decisivo para las clases trabajadoras, que se han dirigido a aquellas áreas en las que ha habido más oportunidades laborales.

Madrid, Bilbao y Barcelona han sido ciudades receptoras de mano de obra de territorios como Andalucía o Extremadura. Este éxodo desde las áreas rurales hacia las zonas urbanas ha generado desequilibrios territoriales y varias velocidades de desarrollo.

De hecho, tanto Madrid como Barcelona y Bilbao, con sus propias peculiaridades, representan zonas dinámicas y adaptables, mientras que gran parte de Andalucía, Extremadura, Castilla y León, Aragón y Castilla La Mancha, son consideradas las representantes de la España despoblada.

Por su parte, territorios como Galicia, Asturias, Cantabria y parte del País Vasco, antaño territorios industriales de gran movimiento, son ahora ejes en declive por la desinversión y el desmantelamiento que experimentó el campo de la industria pesada, de la siderurgia, de los astilleros y de la minería.

Estas zonas han dado un giro y han colocado en el primer punto de su agenda económica la explotación de sus recursos naturales como reclamo para actividades relacionadas con el ocio, los viajes de aventura y montaña y el turismo gastronómico.

La vertiente mediterránea, con especial concentración en Levante y en las Islas Baleares, así como el archipiélago canario, son los puntos de turismo por excelencia, que presentan los típicos puntos de inflexión de las temporadas altas, frente a otros momentos del año menos dinámicos.

Estas áreas acogen a trabajadores eventuales por campañas, que se desplazan a las zonas turísticas para prestar sus servicios en momentos puntuales, y que, después, vuelven a sus lugares de residencia habitual.

El característico dibujo español no solo refleja diferencias y disparidades de desarrollo económico entre zonas, sino que influye en las pinceladas sociales y culturales propias de cada área, aportando un cuadro lleno de matices y detalles únicos y singulares.

Mapa de las regiones productivas de España. El Orden Mundial / EOM / Abel Gil Lobo, CC BY-NC-ND

Las áreas más dinámicas

Según datos del INE, Cataluña, Madrid y la Comunidad Valenciana son los territorios que mayor peso tienen en la industria sobre el total nacional. En cuanto a los servicios, Madrid y Cataluña lideran el valor añadido bruto que estos generan. En lo que se refiere a la distribución de la renta bruta disponible en los hogares, Madrid y Cataluña también se sitúan a la cabeza.

Madrid y Barcelona son también sede de empresas de gran tamaño, de multinacionales y de la mayoría de las empresas que forman parte del índice Ibex 35, lo que implica una concentración de cargos directivos y de órganos de decisión, por lo que ambas ciudades se convierten en centros de poder del tejido empresarial y en núcleos de innovación y conocimiento.

Cambiar la situación

El siglo XXI se caracteriza por su intensa competitividad, con una carrera hacia la innovación; por la presencia de la tecnología en todas las industrias, sectores y áreas, y por la globalización. Ante este escenario y condiciones, debemos preguntarnos qué factores son determinantes ahora en el desarrollo de una región. Hasta qué punto la competitividad de un país descansa únicamente en las posibilidades de alguno de sus territorios, y de qué manera se pueden revertir los efectos de las distintas velocidades de desarrollo para acabar con las fisuras territoriales.

Las tecnologías de la información y la comunicación están revolucionando los estilos y modos de vida, a la vez que abren otros formatos de trabajo y relación.

Para superar el abismo que separa a las zonas menos competitivas de las más desarrolladas hay que activar políticas que estimulen el crecimiento en las áreas más desfavorecidas. Acciones que les impulsen a explotar las características propias de sus territorios, para atraer inversión y para presentarse como una opción alternativa de vida para las personas cuyo trabajo no requiere el desplazamiento a un centro físico.

Estos núcleos territoriales, cuya actividad se ha concentrado generalmente alrededor de la agricultura y la ganadería, deben abrirse a otras realidades. Y una de las claves para hacer de los territorios de un país un conjunto de áreas competitivas y acabar con los contrastes es acometer proyectos de implantación de infraestructuras que aumenten la calidad de las señales de telecomunicaciones y permitan una cobertura total que garantice una conexión digital con la velocidad y la calidad técnica adecuadas.

El fomento del desarrollo local y alcanzar la convergencia territorial requieren también de un replanteamiento del modelo productivo nacional y del diseño de un proyecto territorial de desarrollo, sostenible en el tiempo.

Formación y digitalización, las cartas ganadoras

Si bien la equidad perfecta entre regiones es imposible de lograr, no es menos cierto que hay un gran margen correctivo para que emerjan las posibilidades de desarrollo de las áreas que se han quedado atrás.

En este sentido, es prioritario invertir en formación y actualización pues las diferencias educativas entre poblaciones suelen ser fuente de desigualdades.

Las empresas, negocios e industrias localizadas fuera de los cinturones que registran mayor desarrollo deben invertir en la actualización de conocimientos, trabajar con vocación de innovación y entrar de lleno en procesos de transformación digital.

Automatización de procesos, realidad virtual, robótica, inteligencia artificial o big data no deben ser conceptos desconocidos para los sectores e industrias que operan en las zonas consideradas como más desfavorecidas.

Las posibilidades que ofrece la innovación deben ser aprovechadas en cada industria y cada región.

Avanzar con el siglo

Por algún lado hay que empezar a desenredar la madeja de las desigualdades y quizá las empresas, como agentes de cambio, puedan comenzar a dar pasos para adaptar su realidad a las peculiaridades del siglo XXI y trabajar para ser atractivas para los profesionales, independientemente del lugar elegido como sede social.

No caigamos en el victimismo propio del que piensa que las diferencias son insalvables y trabajemos por crear una mentalidad de crecimiento arropada por políticas de innovación, emprendimiento, formación, conocimiento y apoyo al desarrollo.

Want to write?

Write an article and join a growing community of more than 119,600 academics and researchers from 3,846 institutions.

Register now