Iban un inglés, un alemán y un español hablando de la luna…

Café. Cuando leemos esa palabra, en nuestro cerebro no solo se activan áreas cerebrales típicas del lenguaje, sino también áreas sensoriales olfativas. Igualmente, al leer la palabra “noche” nuestras pupilas se dilatan, como si nos encontrásemos en situación de oscuridad, mientras que al leer la palabra día, se contraen.

Como seres sociales que somos, desarrollamos sistemas lingüísticos que nos permiten comunicarnos entre nosotros, y este desarrollo no ocurre de manera aislada al desarrollo cognitivo e intelectual general. Somos, hablamos y pensamos. Pero ¿somos lo que pensamos o lo que hablamos? ¿Pensamos solamente aquello que podemos expresar con palabras? ¿Pensamos diferente en función de la lengua en la que hablemos?

Estas preguntas fundamentan la hipótesis whorfiana del relativismo lingüístico, que de la mano de la neurociencia cognitiva está viviendo una segunda etapa de esplendor, renombrada actualmente como relativismo neurolingüístico.

El relativismo lingüístico parte de la idea de que el lenguaje influye en la manera que asimilamos y percibimos el entorno. Más allá del debate filosófico a favor o en contra de esta relación entre lenguaje y pensamiento, la evidencia en el campo de la neurociencia cognitiva muestra que las representaciones conceptuales están distribuidas en redes neuronales que conectan tanto elementos lingüísticos como sus atributos sensoriales.

Por lo tanto, la cuestión no es si el lenguaje y otras áreas cognitivas están fuertemente relacionadas o no, ya que el cerebro procesa la información de manera global y no tanto en módulos desconectados, sino más bien cuáles son los límites de estas relaciones.

Lenguaje y percepción

Cada vez que nos referimos directamente a un objeto concreto o que hablamos de conceptos abstractos como los números, el tiempo, o las emociones, e incluso cuando estando en silencio planeamos el día que tenemos por delante, hacemos uso del lenguaje, y en términos generales, de la lengua que mejor conocemos. Siendo esto así, no es de extrañar que este uso constante del idioma para relacionarnos con el exterior y con nosotros mismos influya en cómo pensamos y en la manera que tenemos de percibir el mundo.

Los castellanohablantes, por ejemplo, hacemos referencia constante al género gramatical de las cosas porque nuestra lengua distingue entre el masculino y el femenino a nivel morfológico. Tanto es así que, sin darnos cuenta, esta referencia constante influye en los atributos que damos a los objetos de referencia y en cómo los percibimos.

¿Hombre o mujer? Wikimedia Commons / 'Le Voyage dans la Lune', Georges Méliès, 1902.

No es coincidencia que uno de los grandes hits de la música pop española de finales de los 80, “Hijo de la luna” del grupo Mecano, centrase su argumento en la luna como madre, y no como padre. Y es que, acorde a su género gramatical, la luna se percibe como una mujer. Qué raro sería que fuera el sol el que quisiera ser madre, ¿verdad? No tanto. En otras lenguas como el alemán, los géneros gramaticales del sol y la luna son opuestos a los del castellano. Lo mismo podría ocurrir en inglés, una lengua sin género gramatical.

Otro de los fenómenos con más evidencia científica en el campo de la relatividad neurolingüística es el de la percepción de categorías en función de la lengua que se utiliza. Diferentes culturas usan diferentes palabras y matices para describir el entorno. Por ejemplo, la palabra taza en castellano se refiere tanto a “cup” como a “mug” en inglés. En cambio, las palabras vaso y copa hacen ambos referencia a una sola categoría en inglés, “glass”.

De hecho, un estudio reciente ha demostrado que de manera implícita los británicos y los españoles perciben algunos de estos objetos de la vida diaria de forma distinta simplemente por el hecho de que en sus respectivas lenguas pueden existir diferentes palabras para diferenciar sus categorías. Obviamente, esto no implica que los británicos no puedan distinguir visualmente entre un vaso y una copa, pero lo que sí evidencia es que al procesar objetos con diferentes palabras, el cerebro percibe estos objetos de otra forma.

El vocabulario y las palabras que utilizamos para comunicarnos y para pensar no solo afectan a la percepción del mundo que nos rodea en términos de objetos de la vida diaria, sino también cuando imaginamos conceptos más abstractos como por ejemplo los colores y el tiempo, o a la manera en que percibimos las acciones.

La evidencia científica demuestra que la lengua nativa tiene un gran impacto en la forma en que representamos el entorno y captamos las cosas, moldeando así la manera de pensar, haciéndolos más específicos y dándole forma a la realidad.

Lenguaje, pensamiento y segundas lenguas

La pregunta crítica es si para un británico que haya aprendido español, la luna tendrá más probabilidades de ser madre que el sol. Y la respuesta es que sí. A pesar del gran impacto que la lengua nativa tiene en la manera en que el cerebro procesa el entorno, el aprendizaje de una segunda lengua puede cambiar la manera en que pensamos y percibimos las cosas.

De hecho, un estudio reciente demuestra que los angloparlantes nativos que tienen además un dominio alto de español, comienzan a hacer asociaciones implícitas entre nombres propios en inglés de hombre y de mujer y algunas palabras inglesas, en función de su género gramatical en la lengua española. Así, los bilingües ingleses con mayor nivel de español entendían mejor la asociación entre “corn” y Patrick, que entre “beach” y William, simplemente porque “corn” es maíz (masculino) y “beach” es playa (femenino).

Más aún, un estudio ha demostrado que la percepción de los colores cambia en función de la exposición a una segunda lengua. En griego existen dos términos fundamentales para diferenciar el color azul oscuro (“ble”) del color azul claro (“ghalazio”), y esto hace que los nativos perciban estos dos colores de manera diferente, como lo harían con el azul y el verde, por ejemplo.

Todos los colores del color azul. Gabriela Ruellan / Wikimedia Commons

Sin embargo, los griegos desplazados al Reino Unido que han estado constantemente expuestos a la lengua inglesa muestran unas categorías más difusas. El inglés solamente usa un término fundamental para el color azul (“blue”), y este estudio mostró que quienes vivían en un contexto angloparlante comenzaban a ver estos dos colores (“ble” y “ghalazio”) como más similares entre sí, de la misma forma que lo hacen los hablantes nativos del país.

Así, vemos que el sistema cognitivo es altamente flexible, cambiando a lo largo de la vida en función de la experiencia. Por lo tanto, no es de extrañar que al aprender una nueva lengua exista también una reorganización de las redes neuronales encargadas del procesamiento de la información que nos rodea.

Sentir en otro idioma

En los últimos años, la evidencia científica ha sugerido que los cambios funcionales y estructurales del cerebro debido al aprendizaje de nuevas lenguas pueden incluso llegar a alterar el modo en el que procesamos las emociones en lenguas extranjeras.

Numerosos estudios recientes demuestran que las emociones están altamente ligadas a la lengua materna y que el procesamiento de palabras emocionales, especialmente negativas, en una lengua extranjera está altamente mermado, especialmente cuando la segunda lengua se ha aprendido en contextos escolares.

Tanto es así que, aunque explícitamente no seamos conscientes de ello, los estudios demuestran que para nativos castellanohablantes, el impacto de leer una frase con alta carga negativa como “Al mediodía, el terrorista hostil llevará su bomba tóxica al caníbal esquizofrénico” es significativamente mayor que el de leer la misma frase en inglés, a pesar de tener un nivel alto en esa lengua y comprender perfectamente el mensaje.

Visualizando el futuro

La relación entre lenguaje y pensamiento ha estado siempre en el foco de atención de muchos profesionales de diferentes ciencias, y durante siglos se ha luchado por descifrar las claves del vínculo entre las lenguas y la mente humana cual Don Quijote que lucha contra los molinos que su propia imaginación ha creado.

La Llegada, un filme que apuesta por el relativismo lingüístico.

Y no es de extrañar que muchas de las preguntas que originalmente se formularon sigan hoy sin respuesta, ya que, igual que ocurre en el caso del ingenioso hidalgo, es una lucha por descifrar la relación de nuestras propias creaciones (pensamientos y lenguas), con el mismo sistema que lo creó (nuestro propio sistema cognitivo).

Es decir, la dificultad que entraña entender la relación entre lenguaje y pensamiento es inherente a las propias herramientas que usamos para aproximarnos al problema, ya que, en un ejercicio de ingeniería inversa imposible, queremos entender una parte esencial del sistema cognitivo usando para ello dicho sistema. Quijotesco. Pero gracias a la ciencia cognitiva y a las técnicas neurocientíficas, hoy estamos un paso más cerca de las respuestas.