La cultura emocional, un reto político y social de la COVID-19

Vivir es urgente. Ha sido una de las numerosas reivindicaciones de Pau Donés, cantante recién fallecido del grupo Jarabe de Palo. Vivir es urgente, como lo es vivir con salud emocional.

Cuando nos dan la oportunidad de pedir tres deseos, mayoritariamente aparece “ser feliz” entre ellos, aunque no siempre lo expresamos exactamente con estas palabras. La forma en que sentimos nuestra vida y las emociones diarias suman y restan en el cómputo total de vida feliz o vida con bienestar emocional.

Es un deseo repetido, sí. Pero ¿sabemos cómo vivir una vida con bienestar emocional?

Gobiernos para el bienestar emocional

Las sociedades occidentales, a pesar de los repetidos intentos, no han colocado ni en el centro de la vida ni de la gobernanza el interior de las personas o su bienestar emocional. Y eso a pesar de los demostrados beneficios que el bienestar emocional individual y comunitario aportan a la salud mental, a la convivencia y al civismo.

Eso no ha impedido que históricamente nos olvidemos de que las emociones de las personas importan. Importan porque impactan en nuestra salud física y mental; en nuestra comunicación, relaciones y conflictos con las demás personas; en nuestras decisiones; y en nuestra capacidad de pensar, poner atención y rendimiento. Importan porque siempre nos predisponen a actuar, aunque no siempre lo hagan de forma consciente ni voluntaria. Importan también porque hablan de nosotras, de lo que nos pasa y de lo que nos importa.

Por eso es importante aprender a ser conscientes de nuestras emociones, escucharlas, cuidarlas, aceptarlas, reflexionar sobre ellas y decidir conscientemente qué queremos hacer con ellas.

Incultura emocional y salud mental

Vivimos en sociedades de incultura emocional que no facilitan los aprendizajes emocionales básicos. Las consecuencias en salud mental son múltiples. En Catalunya, por ejemplo, registramos entre seis mil y ocho mil intentos de suicidio al año, más de 18 millones de unidades de psicofármacos vendidos anualmente y las visitas a los centros de atención sanitaria por motivos psicoemocionales alcanzan un 30%.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que la enfermedad mental es la primera causa de discapacidad, la tercera causa de muerte entre las personas jóvenes y que una de cada cuatro personas va a sufrir a lo largo de su vida algún trastorno mental. Estamos, por tanto, ante un problema de salud pública que no deja de crecer. Ante el cual la OMS advierte que de no tomarse medidas el impacto económico puede ser de un trillón de dólares anuales.

En estas circunstancias, socializar la educación emocional es urgente.

La educación emocional tiene el propósito de capacitar para el bienestar emocional, el individual y el colectivo, por medio del desarrollo de nuestras competencias emocionales intrapersonales (la relación conmigo misma) e interpersonales (la relación con las demás personas y con la vida).

Las investigaciones indican que una alta competencia emocional está significativamente relacionada con una salud mental satisfactoria, mientras que niveles bajos se relacionan con ciertos trastornos psicológicos. Asimismo, a estas alturas ya sabemos que la inteligencia emocional es una variable fundamental para comprender la relación entre estrés y enfermedad.

Lo malo es que el Yale Center for Emotional Intelligence confirmaba hace poco, en plena crisis por la pandemia COVID-19, que la ciudadanía no tiene aprendizajes emocionales básicos integrados. Con lo que eso implica. No hay que olvidar que comprendernos interiormente permite gestionar mejor y tomar mejores decisiones, además de proteger nuestra salud.

Seis meses después de convivir mundialmente con la COVID-19, el tercer Objetivo de Desarrollo Sostenible de la ONU (Bienestar y salud) ha dejado patente su precariedad. Y se ha puesto en relieve que la sostenibilidad planetaria necesita ir acompañada de la sostenibilidad humana, de la salud de las personas, sin obviar su bienestar físico, mental, emocional y espiritual.

Política pública para la promoción de la salud emocional

Viendo, además, que la sociedad post-COVID vendrá marcada por una crisis económica que aún generará más desigualdades y vulnerabilidad, necesitamos una salud pública que dé prioridad a la promoción de la salud y el bienestar emocional de las personas.

Siendo así, el desarrollo de la ciudadanía no podemos dejarlo al azar. De manera innata, las ciudades y municipios tienen un poder educativo natural y constante. Este principio que rige la Carta de las ciudades educadoras es el punto de partida de una innovación social y cívica emergente: la cultura emocional comunitaria y pública. Socializamos la educación emocional con el objetivo de construir resiliencia individual y comunitaria y generar cultura emocional comunitaria y pública en la cultura idiosincrática de cada territorio.

Necesitamos política pública que aplique la mirada salutogénica a la promoción de la salud emocional. Y por supuesto que desarrolle políticas públicas constructoras de bienestar emocional con perspectivas de género e interseccionales que hagan crecer el valor de la comunidad y le confieran capacidad de cuidados.

Nuestras sociedades necesitan generar corresponsabilidad, liderazgos compartidos y participativos y presencia comunitaria para el bienestar y la salud emocional. Es necesario convertir lo que hasta ahora era un proyecto pedagógico en los centros educativos (educación emocional) en una cuestión cultural, comunitaria y presente en la agenda política. En palabras de Kant, en Pedagogía “un principio del arte de la educación es que debemos educar no para el estado presente de la sociedad, sino para otro mejor y posible en el futuro de la especie humana; es decir, acorde con la idea de humanidad y de su destino completo.

Vivir es urgente. Capacitarnos para vivir con salud emocional lo es también.

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