¿Por qué las ciudades no quieren ser sede del Mundial de fútbol ni de otros grandes eventos?

La policía antidisturbios realiza un simulacro en las afueras del nuevo estadio de fútbol de San Petersburgo antes de la Copa Mundial de Fútbol de 2018 en Rusia. AP Photo/Dmitri Lovetsky

Prepararse para acoger a millones de visitantes, como lo ha hecho Rusia en Moscú, Sochi y otras ciudades para el Mundial de 2018, requiere años de planificación y mucha construcción. Además, es caro: construir 12 estadios en 11 ciudades le ha costado a Rusia aproximadamente 11.000 millones de dólares.

Cuando estos grandes eventos están en marcha, parece que el dinero y los problemas que conllevan merecen la pena. Tras haber trabajado en tres Exposiciones Universales, haber asistido dos veces a los Juegos Olímpicos y haber ido al Tour de Francia y al Open de Australia, he podido comprobar personalmente la emoción que desencadenan. Aunque también he investigado lo suficiente como para darme cuenta de que las extravagancias internacionales no siempre benefician a los locales a largo plazo.

Formo parte de un equipo de investigación sobre la organización de megaeventos de la Universidad Estatal de Michigan que identifica lo que funciona y lo que acabará siendo un desastre. Estas son nuestras conclusiones:

Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional, y Moon Jae-in, presidente de Corea del Sur, en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018 en Pyeongchang. AP Photo/Jae C. Hong

Prioridades locales

Siempre constatamos que las organizaciones que planifican grandes eventos y el público tienen necesidades diferentes. Los primeros necesitan principalmente promover su marca con el éxito de un evento. Los segundos quieren mejorar la percepción de su ciudad y que se construyan edificios nuevos, carreteras e infraestructuras que mejoren la calidad de vida a largo plazo sin que les salga demasiado caro.

Desde mi punto de vista, tanto la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), como el Comité Olímpico Internacional (COI), que organiza los Juegos de Invierno y de Verano, necesitan replantearse sus modelos de negocio y empezar a preocuparse por las necesidades de las ciudades que los acogen. Las áreas metropolitanas que son sede de estos eventos quieren que sean un medio para un fin: convertirse en lugares mejores para vivir.

A menudo, construir lo necesario para preparar un Mundial o un gran evento coincide con las necesidades de la ciudad. Pero es más frecuente que las prioridades locales se distorsionen. Dado que los Mundiales necesitan estadios de primera categoría de los que algunos países carecen, cuando estos tienen el honor de convertirse en sedes se comienza a construir de manera frenética.

Fue lo que ocurrió en el Mundial de Brasil en 2014 y en Sudáfrica en 2010, cuando estas sedes construyeron varios estadios que luego se demostró que eran innecesarios.

Asimismo, los Juegos Olímpicos de Verano de 2016 en Río de Janeiro se vieron muy bien en la televisión, pero dejaron detrás muchas instalaciones que rápidamente se convirtieron en un caos tras un proceso plagado de corrupción que desplazó a miles de personas.

Un montón de piedras en las afueras del estadio Maracaná de Río de Janeiro, tres años antes de que Brasil organizara el Mundial de Fútbol de 2014. AP Photo/Felipe Dana

Retroceder

A pesar de las promesas de los organizadores de eventos, de los comités y de las expectativas del público sobre que el evento pueda solucionar algunos de sus problemas cotidianos, las sedes, a menudo, terminan teniendo instalaciones que no han pedido y que no van a usar y un montón de deudas que costará décadas saldar.

Los Juegos Olímpicos suelen concentrarse en una sola área metropolitana, y, a veces, también necesitan estadios raros, como los de béisbol o los de vóley-playa en Atenas o el de rápidos para canoa y kayak en los Juegos de Río.

Existe cierta incertidumbre entre el público debido a los desastres producidos en los Juegos de Atenas, Sochi, y Río, y en los Mundiales de Sudáfrica y Brasil. De los seis finalistas para los Juegos de Invierno de 2022, cuatro de ellos se retiraron: Estocolmo, Suecia; Cracovia, Polonia; Lviv, Ucrania; y Oslo, Noruega, debido a la respuesta negativa de sus vecinos y a los costes que conlleva. Los únicos que quedaron fueron Almaty (Kazajistán) y el ganador del evento, Pekín.

Boston y la ciudad alemana de Hamburgo retiraron su candidatura para los Juegos Olímpicos de 2014 debido a la oposición de la opinión pública. Lo mismo pasó con Vancouver al echarse atrás en su oferta para ser sede del Mundial de 2026. Cuando los líderes expresan su interés por acoger uno de estos grandes eventos, siempre aparece la incertidumbre sobre los beneficios que puede generar.

Cuatro años antes de que Qatar consiguiera la candidatura para el Mundial de 2022, ya demostró ser un ejemplo de lo que no se debe hacer. Cientos de trabajadores murieron en la construcción de un edificio que se usará para este evento, que según el Human Rights Watch (Observatorio de Derechos Humanos), se trataría de un caso marcado por la corrupción.

Mejores opciones

Pero, por supuesto, también ha habido casos de éxito. Cuando los países tenían todos los estadios necesarios, como ocurrió en el Mundial de Francia en 1998 y en el Mundial de Alemania en 2006, la inversión requerida fue más razonable y práctica, ya que se aseguraron de que se usaran las nuevas instalaciones.

Los Ángeles fue la primera ciudad que, en 1984, encontró una forma eficiente de acoger los Juegos Olímpicos: usando estadios que ya tenían y cediendo servicios. Dado que la ciudad planea presentarse para los Juegos de 2028, puede que vuelva a demostrar cómo una ciudad puede ser sede de los Juegos invirtiendo en la construcción de obras públicas que beneficiarán a sus ciudadanos a largo plazo.

This article was originally published in English