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Ilustración de un hombre con traje, gafas y mascarilla ante una nube de micrófonos.

Por qué los políticos deben dar ejemplo

Los que nos hemos criado con nuestros mayores disponemos de un auténtico arsenal de dichos, máximas y sentencias que saltan a nuestras conversaciones. Juntos serían la condensación de una herencia querida que nos conecta con lo popular. Que crea cierta comunidad sapiencial a lo largo del tiempo, sí, pero no menos una comunidad moral. A fin de cuentas, la diferencia entre el experto y el sabio está en que donde el experto conoce de medios, el sabio conoce de fines, sabe dónde está lo bueno. El sabio que, además, no es avaro, y sabe dónde está lo bueno para el bien común: ese es un ejemplo. El refranero pretende saber mucho de todo esto.

En estos tiempos en que los ancianos vuelven a ocupar nuestras conversaciones y comparten portadas con el debate político de última hora sobre el comportamiento o no ejemplar de nuestros representantes electos, podemos recordar precisamente aquella sentencia de Plutarco de que la mujer del César no sólo debe ser honrada, sino además parecerlo.

Dejando a un lado lo personal del caso para el propio César, la ventaja del refranero es precisamente su anonimato. A cualquiera le puede hacer papel esa perla de sabiduría. Se puede entonces compartir sin miedo lo bueno que tiene el ejemplo.

Y en esto del carácter ejemplar lo fundamental entonces estaría en caer en la cuenta de que Ética y Estética están obligadas a entenderse. No sólo tenemos obligaciones, sino que en ocasiones debemos además hacer gala de las mismas. Pasearlas en sociedad. Mostrarlas en público. Y, al revés: que poder pasearlas en sociedad es la prueba de su ejemplaridad.

El ejemplo no es excepcional

Y es que un equívoco muy común es pensar que ser ejemplo de algo tiene que ver sobre todo con la excepcionalidad. El ejemplo es siempre exclusivo. Único. Y después de él vienen todos los demás imitadores a disfrutar de la buena vida que aquél o aquélla nos anuncian.

Así, los héroes y heroínas novelescos y sus grandes gestas, el hombre de mundo de éxito que se cubrió de riquezas, no menos que el líder de masas, serían los modelos a seguir en casos semejantes. Con entusiasmo deportivo estamos expuestos a arengas de este tipo a diario.

Por eso no extraña que la relación de ideas más sencilla sea la de copiar el modelo y reproducir sencillamente aquello que se nos muestra como el ejemplo a seguir. Total, es tan sólo una cuestión del just do it.

Parecerlo… y serlo

Nadie discute que el carisma es una cualidad estética de toda clase de héroes y líderes, ya sean influencers, vips o representantes públicos. Dándole la vuelta a la sentencia del César, claro está, no nos debería valer sin embargo con un mero deber parecer honrados. Habría que, además, serlo.

Si el rasgo definitorio de lo ejemplar es su excepcionalidad, su ser el centro de atención y hacerse con todas las miradas, entonces no sabríamos cómo se logra tal hazaña.

El consejo del viejo Kant

Para salir de semejante atolladero de términos nada mejor que buscar el consejo entonces del viejo. Los que nos dedicamos a la Filosofía, además de abuelos a los que acudir, tenemos por suerte el tesoro de otros ancianos que nos precedieron en estas cuitas: yo particularmente no puedo resistirme al del viejo Kant.

Como estamos hablando de los artificios estéticos del parecer, y el “parecerse a”, no extrañará encontrar en su Crítica del discernimiento una respuesta que dedicó a los que creen que el ejemplo sólo lo es si es excepcional. Kant nos va a sacar de dudas en apenas tres máximas.

Las llama “máximas del pensar común”, y contraponen lo exclusivo a lo público sin prescindir de ninguno de los dos. Lo común, la comunidad, el ejemplo de lo público, tendrá algo que ver con asegurarnos de que lo excepcional nos acabe alcanzando a todos. Presentadas de forma resumida, estas tres máximas son:

  • Habría que pensar todo lo que se pueda por uno mismo, que no es sino la marca de lo excepcional: llevarle la contraria a la norma, en caso de ser necesario.

  • Pero no olvidar ponerse también en el lugar de cada otro, y llevarnos la contraria a nosotros mismos.

  • Para, en definitiva, ser consecuente en esto del pensar, esto es, no reservarnos el privilegio de ser excepcionales como no nos gustaría que nadie lo guardara sólo para sí. El ejemplo debe compartirse.

Lo que Kant entonces echaría en falta de nuestra anterior aproximación a lo ejemplar es que no tiene que tener miedo de publicitarse.

A la excepcionalidad peligrosa del modelo se la complementa con su publicidad para quitarle hierro. La publicidad del exponerse a luz y taquígrafos, que se dice. El ejemplo que necesite del secreto para ser excepcional, no es ejemplo alguno. Como en un motor de tres tiempos, no es suficiente con que cumpla con las dos primeras máximas.

Una disculpa tampoco servirá de sustituto de la tercera. Este de la publicidad sería el test que nos daría la medida del canon que es bueno. Y sí, sirve aún a día de hoy para medir el buen hacer tanto del héroe, como del atareado hombre de negocios, la estrella deportiva, no menos que el del político.

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