Aquiles le da a Néstor el Premio de la Sabiduría Olímpica, Joseph Désiré Court, 1796-1865. Wikimedia Commons

¿Malos tiempos para envejecer? Los mayores de 60 y la escasez de recursos

Antes de la pandemia del Covid-19, cumplir 60 años significaba entrar en la madurescencia y tener casi media vida por delante. Incluso había que seguir trabajando bastantes años más. Pues de otro modo se sobrecargaría el sistema de pensiones, debilitado por una sustantiva merma de cotizaciones del precario mercado laboral.

Sin embargo, de un día para otro, esa edad se torna el umbral de acceso al mayor grupo de alto riesgo sanitario, según las primeras estadísticas de mortandad producidas por la pandemia. Los madurescentes devienen sin solución de continuidad unos “vejestorios”, aunque sigan teniendo por delante muchos años de actividad laboral para poder jubilarse y dejar su puesto vacante.

Los dilemas morales planteados por la escasez

Por añadidura, la saturación del sistema sanitario plantea dilemas morales harto complejos. Se impone que los médicos evalúen las “expectativas vitales” del paciente. Cuentan los antecedentes clínicos, pero también el factor de la edad y, nos guste o no, tal criterio podría dar pie al paulatino e inarvertido advenimiento de una indeseada eugenesia.

Al tratarse de una emergencia, las medidas adoptadas deberían ser provisionales. Con todo, pueden dejar su poso, al modo en que lo hace la calumnia. En una sociedad donde prolifera la escasez de recursos, los más viejos pueden acabar estorbando. Recordemos el planteamiento de la película Cuando el destino nos alcance, basada en una distópica novela con el significativo título de ¡Hagan sitio, hagan sitio!, cuya trama tiene lugar en el año ¡2022!

Kant, Mill, y el Titanic

Si no le comprendo mal, a juicio del profesor Enrique Bonete los ancianos deberían ceder con alborozo su cuota de cuidados intensivos a pacientes jóvenes, particularmente si estos tienen descendencia. Para sustentar este parecer, alega principios éticos que hace coincidir con su particular óptica cristiana e invoca una solidaria filantropía utilitarista en el seno de “la gran familia humana”, la cual se vería dignificada con semejante planteamiento.

Pretende sustentar sus tesis en Kant y Mill. Pero a mi juicio la lectura de Kant arroja un saldo muy diferente. Siempre que reconozcamos un principio tan fundamental como el de no utilizarnos a nosotros mismos como un simple medio instrumental para lograr una u otra finalidad, al margen de cual pueda ser esta. Y ni siquiera un hipotético Dios estaría habilitado para hacer algo así, según enfatiza el propio Kant al recalcar su premisa contra la instrumentalización propia o ajena de las personas. Por lo tanto nadie podría considerar su deber el inmolarse en aras de un presunto bien mayor, toda vez que, al hacerlo, estaría tomándose a sí mismo como un mero medio sin considerarse al mismo tiempo como un fin. Por otro lado, en Teoría y práctica Kant rechaza que un presunto derecho en caso de necesidad justifique arrebatar a otro naufrago su salvavidas y no se plantea en absoluto que nadie deba ceder esa tabla de salvación.

El hundimiento del Titanic. Willy Stöwer, 1912. Wikimedia Commons / Magazine Die Gartenlaube

Desde luego, hablamos de situaciones donde impera una extrema emergencia, como la sufrida en el hundimiento del Titanic. Un trance en el que –dicho sea de paso– los criterios para subir al bote salvavidas estaban predeterminados por las tres diferentes clases del pasaje.

La cuestión es que, al creer insumergible la nave, no se dotó a ese navío transatlántico con suficiente número de botes salvavidas. Tranzando cierto paralelismo con esa imprevisión dictada por la prepotencia, cabe preguntarse lo siguiente ante ciertos estragos del Covid-19: ¿Cuál es el auténtico trasfondo de que no logremos reunir los recursos necesarios para paliar las emergencias provocadas por la pandemia en sociedades donde tanto menudea lo superfluo y escasean cosas que resultan de vital importancia?

Si tomamos en cuenta la edad o cualquier otro criterio personal para repartir la escasez de recursos, el siguiente paso podría ser el de catalogar a la ciudadanía según determinadas clases o categorías, e ir admitiendo sin darnos cuenta una eugenesia generalizada, tras descartar a quienes tengan menos esperanza de vida por una u otra razón.

De las decisiones puntuales a la teoría moral

Una cosa es tener que tomar puntualmente una compleja decisión deontológica en el trance del triaje, u optar personalmente por la eutanasia, y otra muy distinta otorgarle una cobertura teórica desde principios morales al indeseable trance de no poder vernos asistidos por escasear unos determinados recursos, como si esa opción pudiera devenir un criterio ético con validez universal para todos y bajo cualesquiera circunstancias asimilables. Cuando en realidad es una máxima de índole pragmática y totalmente coyuntural.

Imaginemos que junto a la edad se fueran tomando en cuenta otras circunstancias personales. Como las condiciones físicas naturales o adquiridas, la situación patrimonial, los trastornos emocionales, albergar unas creencias determinadas o el estar sin trabajo. Pues todo ello viene a incidir en las expectativas de vida del paciente. Por esa resbaladiza pendiente podríamos precipitarnos hacia el abismo de las doctrinas eugenésicas y es peligroso asomarse a ese precipicio sin las debidas cautelas.

A veces las reducciones al absurdo permiten visualizar mejor los problemas. Así lo hizo Jonathan Swift en su satírica Una modesta proposición. Exasperado porque no se adoptasen medidas para frenar el abuso de los terratenientes con sus arrendamientos durante malas cosechas concatenadas, y con ánimo de sacudir las conciencias, Swift recurrió a su cáustica ironía. Los empobrecidos campesinos podían decidir vender a sus hijos, para que se los comieran directamente quienes hacían morir de hambre a toda su familia. Lo malo es que hubo quien se lo tomó en serio.

¿Ancianos vintage o trastos viejos?

Afiche retro de garaje de época. AXpop / Shutterstock

Pero eludamos el catastrofismo y abordemos la tercera edad en clave positiva. Tendamos a educar nuestra percepción social del envejecimiento. Pues no es lo mismo catalogar algo con la muy apreciada etiqueta de vintage que tildarlo de “trasto viejo” y verlo por tanto como algo desechable.

Desde la noche de los tiempos, tribus, ciudades, pueblos y naciones han regido sus destinos comunitarios dejándose asesorar por un consejo de ancianos, al entender que su experiencia resultaba capital para fijar los rumbos de la comunidad. Entre nosotros esa sensibilidad parece haber cambiado. Quizá porque la juventud se siente postergada en un sistema que les impone una feroz y excluyente competitividad mutua, situación que bien pudiera propiciar tramas como la planteada por Bioy Casares en su Diario de la guerra del cerdo, donde los jóvenes dan en atacar a sus mayores, arruinando el júbilo de su jubilación.

Justicia para con las generaciones precedentes

Dentro de las prioridades que la traumática pandemia debería cambiar, está una robusta y bien dotada red asistencial para el vulnerable colectivo de nuestros ancianos. Hay que costear sin reparar en gastos cuidadores domésticos en hogares propios o tutelados y brindar alternativamente acomodos dignos en residencias que merezcan tal nombre. Este capítulo debería ser unas de las inversiones preferentes para nuestras arcas públicas.

A esta grave amenaza sólo se la puede combatir con una cooperación global y cosmopolita de sesgo kantiano, que nos permita encontrar con mayor eficacia vacunas para todos al margen de las patentes, allegar con urgencia los recursos idóneos a este tipo de crisis y adoptar las medidas oportunas destinadas a paliar los estragos económicos, políticos y sociales de la pandemia del Covid-19.

Para todo ello hay que poner entre paréntesis esa despiadada competitividad económica ultraneoliberal que lo trastoca y subvierte todo. En ese contexto se debe incentivar el respeto hacia nuestros mayores como un valor social ineludible. Quienes fueron Los niños de la guerra siempre han sabido mostrar una solidaria generosidad con las generaciones posteriores que ahora les regateamos a ellos por la hegemonia del pensamiento único.

La prudente sabiduría del anciano Néstor

En Sobre la senectud de Séneca encontramos instructivas reflexiones para quienes tienen que aprobar las partidas presupuestarias de cualquier Estado:

“Ni siquiera el sabio puede afrontar la vejez de manera llevadera en medio de la más profunda indigencia”.

Emilio Lledó en su biblioteca.

¿Acaso las nuevas generaciones no tienen mucho que aprender de figuras tan imprescindibles como Emilio Lledó? Voces como la suya resultan más necesarias que nunca en trances donde lo absolutamente primordial recobra su protagonismo.

Según la Iliada el anciano Néstor era tan astuto e ingenioso como Ulises, pero su mayor edad le hacía ser por añadidura más prudente y conciliador. Tomemos nota.

Más nos valdría venerar e integrar socialmente a nuestros mayores, en lugar de apresurarnos a darlos por amortizados. Sea cuál sea nuestro camarote al iniciar el periplo de la vida, en sus últimas etapas cualquiera merece ocupar una confortable cabina bien equipada, sin temer verse arrojado por la borda como un lastre.

Nuestra mirada sobre nuestros mayores perfila el modelo de sociedad que anhelamos. A este respecto, la crisis del Covid-19 ha reflejado una imagen bastante sombría en el espejo de nuestra moralidad.


* A los familiares de Felipe Gómez Aceña (1920-2020), recién fallecido en una residencia madrileña para mayores. Y a Jeanine Jousseaume (Madrid 1931), “una niña de la guerra” exilada que, a sus 88 años, afronta sola el confinamiento epidémico en su casa de Orignolles.


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