Romántica, pero no tanto: la visión rompedora de la serie Love

Love es una serie cómica de Netflix que trata sobre las relaciones de pareja heterosexuales de dos millenials, una generación un tanto desorientada. Toda comedia romántica se caracteriza por cierto grado de ñoñez. Love, sin embargo, es realista. Habla sobre las inseguridades y las dudas que surgen al establecer una nueva relación en la treintena. Y lo hace con una narración que se aleja sutilmente de la tradición romántica.

Love presenta un relato a mitad de camino entre la idealización clásica y los movimientos actuales que reniegan del arquetipo matriz. Y es a través de la focalización narrativa, o de los puntos de vista, donde se encuentra la deconstrucción del mito.

La serie se apoya en el paradigma del amor romántico, en cuyo discurso siempre hay tres puntos de vista: el de los dos personajes implicados en la relación y el externo. Este último, marcado por la expectativa del espectador, es el punto de vista clásico del final feliz.

Este poso cultural del amor romántico aproxima al espectador a una idealización máxima de las relaciones de pareja. En Love, Mickey, el personaje femenino, es la primera en enfrentarse a esta estructura narrativa y cultural. La clave de esta rebelión está en la última secuencia del primer capítulo y en la primera secuencia del segundo capítulo de la primera temporada. Ambas narran el mismo hecho, el encuentro entre Mickey y Gus, pero cada una está rodada desde el punto de vista de uno de los personajes. Además, aparece un tercer personaje en la escena, el dependiente de una tienda, que toma la voz del espectador.

La anticipación del romance

La secuencia previa al encuentro adelanta lo que va a ocurrir a través de la canción We were meant to be together, de Tom Brosseau. La música contextualiza el agrio momento y vaticina lo que viene a continuación: algo completamente nuevo para los personajes pero que está destinado a ocurrir. Tras una desastrosa noche entre alcohol, sustancias y sexo frustrado, la resaca y el malestar mañanero conducen a Mickey y a Gus a un primer, fortuito y rancio encuentro.

Tráiler de la primera temporada de la serie Love (Netflix).

Love. Temporada 1, capítulo 1, última secuencia

Acaba de amanecer y Mickey camina apática por la calle. En sentido opuesto, aparece Gus con gesto similar. Se avecina el encuentro entre ambos, pero el foco se mantiene en Mickey, que entra a la tienda de la gasolinera y se sirve un café abatida. Al acercarse a la caja se escucha una nueva canción: Biggest part of me, de Ambrosia, sintonía que suena en la propia tienda. La letra anuncia un nuevo amanecer con un nuevo comienzo. Se afianza así lo que depara el casual encuentro entre ella y Gus, a quien se ve entrar en segundo plano en el establecimiento.

En el momento de abonar el café, Mickey se da cuenta de que ha olvidado la cartera y estalla el conflicto. Comienza una absurda y efusiva discusión entre ella y el dependiente. ¿De verdad es tan importante el precio de un café? No lo es, el trasfondo de la conversación está debatiendo sobre la funcionalidad y el rol de cada personaje en el relato. Mickey, protagonista femenina, implora clemencia, que se le de una oportunidad de salir de allí sin pagar su café. Es su manera de resistirse a caer en la trampa que se venía adelantando: vivir una nueva historia de amor. Pero el dependiente, que asume la voz del espectador y el punto de vista hegemónico, exige a Mickey que haga lo que se espera de su personaje.

En pleno bullicio interviene Gus, que se acerca a la caja para frenar la discusión y se ofrece a abonar la consumición de la chica. Hasta ella misma se sorprende. Acaba de aparecer un príncipe de la nada que se lo pone todo en bandeja, cual Blancanieves. Poco más puede hacer Mickey que dejarse llevar por su avatar. El público así lo quiere y Gus lo confirma. Eso sí, ella de princesita tiene poco y aprovecha para sacarle también un paquete de tabaco. Todo tiene un precio.

Love. Temporada 1, capítulo 2, primera secuencia

Gus entra en el establecimiento sin percatarse de presencia ajena. Ha pasado una mala noche y busca un refresco que lo revitalice. Se dirige directamente hacia la nevera mientras, en segundo plano, Mickey y el dependiente comienzan a interactuar.

Una cámara de la tienda en posición picada contextualiza la secuencia, el espectador tiene toda la información espacial, es el observador que todo lo sabe. El foco cambia a Gus que, desde una posición ajena, observa la discusión y escucha al dependiente decir: “Aquí no hacemos caridad”. Lo que le llama la atención, ya que Gus se caracteriza por su bondad y su tendencia a ayudar a los demás. Se le presenta ya como un salvador, aunque con prudencia y discreción, desde la distancia.

En cuanto Gus ve el enfado de Mickey entra en acción y se apresura a cumplir su papel. Quiere evitar todo conflicto. Ahí el príncipe azul de gafas y desgarbado cuyo cometido es salvar a una princesa en apuros. No la conoce de nada, pero le resuelve su problema. Esto le extraña a Mickey sobremanera, pero no al dependiente que, como espectador, ya sabe cuál es la función de todo caballero. Y como príncipe moderno, accede también a la petición del tabaco. “Como desees” que diría el siervo de La princesa prometida.

El juego romántico ya ha empezado. No hay marcha atrás, el punto de vista hegemónico, en manos de ese dependiente que se niega a dejar escapar a Mickey de la trampa, ha vuelto a ganar. Mickey y Gus se han conocido, Gus ha salvado a Mickey y el espectador obtiene lo que esperaba: el tradicional comienzo de una historia de amor romántico; el chico conoce a chica. Pero Mickey vuelve a rebelarse con un último órdago: “¿Sabes qué? ¡Qué te follen!”, espeta al dependiente. Gus y Mickey ahora solo pueden mover sus fichas y lo harán a lo largo de toda la historia, con acciones en contraposición a la narración hegemónica que busca encasillarlos en la tradición romántica.

Entonces, ¿quién narra una historia de amor?

El desglose de la focalización narrativa de estas secuencias desvela el desconcierto ante el que se va a encontrar el espectador. Aunque cumple con la expectativa de toda comedia romántica, lo hace de una forma poco convencional y más realista. El punto de vista hegemónico parece triunfar en una serie que pretende romper con los arquetipos clásicos, pero los personajes y sus puntos de vista no dejan de rebelarse.

Aunque los roles de género se mantienen, los personajes y su psicología se han desdibujado respecto a los príncipes y princesas de los cuentos tradicionales. Encontramos a una mujer que reniega de representar el papel que se le ha asignado tradicionalmente. Y a un hombre que camufla su heroísmo bajo una superficie blandengue y un atractivo dudoso. Conecta, finalmente, con ese público que se ve representado en la serie y que, al igual que Mickey y Gus, están desorientados en cuestiones amorosas, puesto que los referentes culturales con los que ha crecido se han distorsionado.

Love defiende la posibilidad de encontrar el amor en la treintena, en el mundo de hoy. Es una muestra de cómo, a pesar de los patrones culturales que todavía nos aprisionan, se puede mantener la esperanza de encontrar una pareja con la que compartir nuevas experiencias. Y es que no hay amor que por bien no venga. Es cuestión de no idealizar a la persona que llega y de pensar que los finales felices dependen del punto de vista desde el que se mire.

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