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Una mujer sonriente muestra una píldora dorada entre los dedos.

¿Tomaría usted la píldora del liderazgo?

Lo que distingue fundamentalmente a los humanos de otros mamíferos, desde un punto de vista biológico, es nuestro cerebro. En concreto, la evolución de la corteza cerebral, la parte superior dividida en dos hemisferios con sus familiares protuberancias y surcos.

En relación con nuestro tamaño, nuestra corteza es mucho más grande que la de otros mamíferos, con un promedio de 86 mil millones de neuronas en comparación con los 6,5 mil millones de un chimpancé. Si tuviéramos más neuronas nuestras capacidades aumentarían exponencialmente. Dado que cada neurona realiza 10 000 conexiones o sinapsis, si tuviéramos diez veces más neuronas, nuestras capacidades intelectuales y de razonamiento se incrementarían en 10 elevado a 10.

Por cierto, cada mil millones de neuronas necesita un consumo medio de seis calorías al día para poder funcionar correctamente, lo que suma 516 calorías al día, lo que explica por qué no funcionamos tan bien cuando tenemos hambre o estamos cansados.

Los humanos utilizamos nuestra capacidad neuronal a lo largo de nuestra vida, produciendo sinapsis como resultado del aprendizaje, la experiencia o la asociación de ideas y conocimientos. Otros mamíferos utilizan su capacidad neuronal para encontrar alimento, defenderse y reproducirse. Eso explica por qué mamíferos como el bisonte caminan desde que nacen y pronto aprenden a alimentarse. Como sabemos, los bebés humanos dependen de sus padres hasta edades relativamente avanzadas en comparación con otras especies, tiempo durante el cual desarrollan su capacidad intelectual.

A la luz de esta maravilla de la evolución, solo podemos preguntarnos si los cerebros de quienes nos sucedan a lo largo de los siglos desarrollarán una capacidad intelectual que apenas podemos vislumbrar. Pero, tal como están las cosas, parece más probable que la inteligencia artificial y el aprendizaje automático evolucionen más que el cerebro humano y quizás se conviertan en una especie más capacitada que sus propios creadores.

Una cuestión biológica

En su libro de 2019 Conciencia: los orígenes de la intuición moral, la neurofilósofa estadounidense Patricia Churchland analiza varios aspectos del comportamiento típico de los mamíferos. Por ejemplo, el comportamiento de los campañoles de pradera y montaña después del parto. Los ratones de campo, que son más sociables, secretan dos hormonas, oxitocina y vasopresina, que fomentan un comportamiento protector y afectuoso hacia sus crías. Los campañoles montanos, que abandonan a sus crías después de dar a luz, no secretan oxitocina ni vasopresina. Cuando los científicos inyectaron estas hormonas en varias hembras de campañol montano vieron que comenzaron a comportarse como sus compañeros de la pradera, mostrando más cuidado y protección hacia sus crías. También hicieron lo mismo con machos de campañol de pradera y montano, los cuales normalmente ignoraban a sus crías, produciendo un mayor apego hacia ellas.

Experimentos como estos pueden probar la relación directa entre las hormonas, los neurorreceptores y el comportamiento. Realizados en humanos, han arojado resultados similares. En definitiva, parece que existe una realidad neurobiológica de la conciencia por la que diferentes hormonas segregan sustancias que nos hacen sentir dolor ante el rechazo, alegría por pertenecer a un grupo o la capacidad de sentir vergüenza y el significado de la reputación, junto con el autocontrol. Nuestra conciencia y sentido de la moralidad tienen una base biológica. Además, nuestro sentido de apego a una familia o comunidad tiene una base biológica en hormonas neurorreceptoras, como la oxitocina y la vasopresina.

¿Se podría dirigir la inteligencia humana?

Habría muchas aplicaciones posibles para estos descubrimientos, tanto en el mundo de los negocios como en la vida social. Por ejemplo, pensemos en el uso de la psicofarmacología para potenciar las habilidades directivas y la inteligencia emocional, básicas para el liderazgo.

¿Será parte de la propuesta de valor de las escuelas de negocios, las universidades corporativas y los coaches del futuro? ¿También podría usarse para mejorar el sentimiento de pertenencia y apego a una organización en particular? Piense, por ejemplo, en píldoras que pudiesen potenciar sus habilidades de liderazgo o mejorar el compromiso con su empresa.

Una de las razones para usar la psicofarmacología de esta manera es que atraer y retener a los mejores talentos es una de las principales preocupaciones de los gerentes de recursos humanos y, cada vez más, de los directores generales, sobre todo ahora con el fenómeno de la Gran Dimisión. Cultivar el sentido biológico de pertenencia a una organización puede incentivar a los mejores talentos a seguir formando parte de ella.

Otra sería que el sentido de pertenencia a una empresa despierta un instinto defensivo para proteger los valores y productos de la organización, tal y como pasa en otras comunidades más pequeñas, como la familia. Por ejemplo, los ejecutivos de Pepsi Co. evitan beber Coca Cola (al menos en público), y viceversa.

Además, como muestra la antropología, el sentido de pertenencia también despierta un instinto asesino hacia los competidores, particularmente en sectores altamente competitivos, y más ahora que las guerras comerciales entre continentes vuelven a estar de moda.

Ese mismo sentido de pertenencia anima a los miembros de una organización a atraer talento, pues muchas veces tiene un efecto proselitista, ayudando a atraer a los que consideramos mejores. Es como sucede dentro de las familias: queremos los mejores socios para nuestros hijos.

Si existe una base biológica para el sentido de identificación y pertenencia explicado por Churchland y otros neurobiólogos, ¿podrían abrirse iniciativas para fomentar este sentimiento entre la fuerza laboral?, ¿o suena demasiado orwelliano?

Otra razón es lo que podríamos llamar biomejora mediante el uso de la psicofarmacología. Podríamos preguntarnos si, necesariamente, tomar hormonas como la oxitocina y la vasopresina nos haría más éticos.

Transformaciones vitales

Imagine que dentro de unos años, estas hormonas estuvieran disponibles sin efectos secundarios. ¿Las tomaría? Presumiblemente, solo si ya tenía un fuerte sentido de identificación con su empresa. Al mismo tiempo, si este medicamento estuviera al alcance de todos, dejaría de ofrecer una ventaja competitiva, pero al menos todos iríamos a trabajar más felices, cambiando drásticamente los resultados de las encuestas de Gallup.

Ahora imagine que, en lugar de un medicamento popular y asequible, una empresa de renombre ofrece un tratamiento único de un año a un precio elevado para cultivar estas hormonas en el cuerpo, desarrollando la sociabilidad, la empatía y el sentido de pertenencia y, por supuesto, sin ningún efecto secundario.

Su empresa, líder en su sector y con una reputación consolidada, quiere proporcionar a sus directivos la mejor preparación para el éxito profesional, además de mantenerles motivados, y por ello decide brindarles a todos esa opción. ¿Aceptaría usted esta generosa oferta de superación personal?

Si no hubiera riesgos para la salud, ¿por qué tendría que rechazarlo? El fin es bueno, como lo son los medios. Dicho esto, algunas personas podrían objetar sobre la base de que el tratamiento podría alterar su personalidad. Sin embargo, sabemos que el tratamiento hormonal está muy extendido. Muchos toman melatonina, una hormona que ayuda a relajarse y dormir mejor. Hay mujeres que toman estrógenos durante y después de la menopausia, y existen tratamientos con testosterona para fortalecer el crecimiento del cabello. Hay una gran cantidad de medicamentos que afectan nuestras hormonas.

El potencial de la psicofarmacología es fascinante y podría tener efectos transformadores en nuestro cuerpo y nuestra mente. Si, como ya vimos, nuestro cerebro no va a evolucionar orgánicamente tan rápido como para mantenerse al día con el cambio tecnológico y social, ¿por qué no recurrir a la química para hacernos más sociables y experimentar una mayor felicidad?

Como ha sucedido antes, la realidad probablemente superará a la ficción. Numerosas novelas de ciencia ficción están ambientadas en mundos futuros donde el avance de la biología, la medicina y la farmacología permiten vivir para siempre, además de crear las condiciones para una sociedad más justa, más empática y más feliz.

Mejorar la cohesión grupal

Hasta que lleguen píldoras o tratamientos efectivos, la forma más obvia de mejorar el compromiso de los trabajadores es crear una cultura organizacional basada en valores compartidos y dirigida por un equipo de gestión con un fuerte liderazgo.

La neurobiología nos enseña que las familias y tribus capaces de atraer y retener miembros son las ganadoras, las más proactivas, las que desarrollan los lazos más fuertes entre sus miembros. En cambio, los perdedores, los aislados, los excluidos del grupo suelen generar rechazo, y esto también tiene una base biológica.

Ofrecer educación y aprendizaje permanente consolida la lealtad a una organización. Como hemos visto, la mala noticia es que nuestro cerebro tiene muchas limitaciones físicas y biológicas; la buena noticia es que también es increíblemente flexible y puede generar nuevas neuronas con el tiempo. Algunos experimentos han demostrado que el estudio, el ejercicio intensivo de nuestras facultades intelectuales, puede facilitar el crecimiento de las neuronas.

Además, aprender, adquirir nuevos conocimientos y desarrollar nuevas habilidades mantiene activo nuestro cerebro y genera muchas más conexiones entre neuronas. Estudiar es como ir a un gimnasio mental. Todos necesitamos hacerlo de vez en cuando si queremos mantener nuestra mente en forma, del mismo modo que hacemos con nuestro cuerpo.


Una versión de este artículo fue publicada originalmente en LinkedIn.


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