Explosión atómica Baker de la Operación Crossroads en el atolón Bikini el 25 de julio de 1946. Everett Historical / Shutterstock

Tres tópicos sobre la tecnología que conviene revisar

Nunca se ha hablado tanto de la tecnología como ahora. Nuestra dependencia del desarrollo tecnológico es tal que nos cuesta creer que, en el año 1999, solo la mitad de la población mundial hubiera hecho alguna vez una llamada telefónica. Hoy buena parte de la economía de los países más pobres no sería posible sin un uso masivo del teléfono móvil, y el 60 % del planeta tiene acceso a internet.

Durante la pandemia de COVID-19 hemos visto de forma muy clara esa dependencia, y discutido sobre las esperanzas puestas en los avances tecnocientíficos. Pero, como siempre que se habla mucho de algo, se dicen cosas en apariencia claras pero falsas, vacías, o carentes de rigor. Señalemos tres tópicos muy repetidos en los últimos tiempos.

La tecnología es neutral

El primero de ellos afirma que la tecnología no es ni buena ni mala, sino que todo depende del uso que hagamos de ella. Desde que Ortega escribiera sobre este asunto en los años 30 del siglo XX y Heidegger en los 50, sabemos que esa concepción puramente instrumental de la tecnología es falsa. O todo lo falsa que puede ser una media verdad.

Lo que tiene de correcta es que los que somos buenos o malos en sentido estricto somos las personas. Podemos utilizar una herramienta como un martillo para el bien (colgar una estantería) o para el mal (partirle el cráneo a alguien). La cosa, sin embargo, se torna un poco más complicada si en lugar de un martillo hablamos de un misil nuclear.

Lo que tiene de falsa es que la tecnología no es solo el conjunto de las herramientas, de los medios, de los instrumentos, de las máquinas, sino también el entramado social, industrial, económico, político y cultural que la hace posible. Este se encuentra lejos de ser axiológicamente neutral.

Incluso si nos ceñimos a los objetos tecnológicos, el filósofo de la tecnología Langdon Winner explicó ya hace años que los artefactos tienen política. Es decir, encarnan valores políticos y sociales.

Un país puede optar por desarrollar energía nuclear o renovable. Cualquiera de las opciones tiene consecuencias diferentes. La energía nuclear exige un control político y técnico centralizado (una central no puede ponerse en manos de un ayuntamiento), algo que no exigen las renovables.

Podrían multiplicarse los ejemplos (robots sexuales, armas autónomas, algoritmos para seleccionar empleados). Si a ello añadimos que los centros de poder tienen también sus preferencias a la hora de disponer de sus artefactos, es fácil ver que la neutralidad de la técnica solo se cumple en los niveles más básicos; en los del martillo.

La tecnología nos deshumaniza

El segundo tópico es el que sostiene que la tecnología nos deshumaniza (o, en otra versión, que debemos humanizar la tecnología). El problema es que no se nos aclara qué significa exactamente eso y si es siempre algo negativo.

Si interpretamos que la deshumanización significa que la tecnología impide que hagamos ahora cosas que considerábamos propias del ser humano, entonces es cierto que nos deshumaniza, pero eso estaría bien en muchos casos. Ya no tenemos que salir a cazar mamuts ni que construir con nuestras manos una choza en la que cobijarnos. Esto fue propio de nuestra especie durante mucho tiempo, pero seguro que buena parte de nosotros no volveríamos a hacerlo con gusto.

Si lo que se quiere decir es que la tecnología puede ser un factor central en la alienación económica, social y cultural que experimentan muchos individuos en la sociedad contemporánea, entonces de nuevo la afirmación es cierta, pero no parece que sea algo que pueda resolverse con una consigna tan vaga como la de “humanizar” la tecnología.

La tecnología, como también vio Ortega, configura nuestra condición humana desde sus propios orígenes temporales. Cuando se habla de humanizar la tecnología, probablemente lo que se quiere decir es que hay hacerla más acorde con nuestros verdaderos deseos e intereses. Un propósito muy loable, pero que exige concreción.

Lo que se necesita es que se explique en cada caso cómo conseguimos pensar mejor los fines que nos convienen y cómo crear mejores tecnologías para alcanzarlos, o cómo alcanzarlos sin tanta tecnología, que también podría estar bien en ciertas circunstancias.

En este sentido, el filósofo español Miguel Ángel Quintanilla ha hecho indicaciones muy interesantes con su propuesta de “tecnologías entrañables”. Y, por supuesto, sería conveniente reconocer también que la tecnología ha contribuido a paliar o eliminar otros procesos previos de alienación padecidos a lo largo de la historia.

La tecnología es autónoma

El tercer tópico afirma que la tecnología tiene ya su propia dinámica de desarrollo, ajena a cualquier control humano. Esta tesis se conoce como “determinismo tecnológico”.

Una buena forma de expresarla es la recogida como lema extraoficial de la Exposición Universal de Chicago de 1933: “La ciencia descubre, la industria aplica, el hombre se conforma”. La habremos oído también bajo la forma de “lo que pueda hacerse tecnológicamente, finalmente se hará”. Los políticos la prefieren en un lenguaje más llano: “No pueden ponerse puertas al campo”.

Esta idea corre el peligro de convertirse en una profecía de autocumplimiento. Si todo el mundo se convence de que la tecnología no puede ser controlada, nadie hará nada por controlarla. De todas las posibilidades que cada nueva tecnología abre, solo se realizan algunas. En ninguna parte está escrito que los ciudadanos no puedan tener un papel central en decidir cuáles, aunque no sea fácil.

Por ejemplo, la idea transhumanista de que la superinteligencia artificial general llegará inexorablemente, y que entonces no nos quedará otra que unirnos con las máquinas, no es una predicción científica. Es solo una suposición que es usada para justificar determinadas apuestas tecnológicas. Resulta comprensible que Silicon Valley sea un insistente difusor de esta idea desmovilizadora porque les deja las manos libres.

Afortunadamente, mientras tanto, algunas zonas del mundo, como la Unión Europea, se toman cada vez más en serio la tarea de la regulación de la tecnología.

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