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Un hombre hace el gesto de mano en la frente denotando haber olvidado algo.

Usted tiene poca habilidad para recordar el nombre de una persona… ¡y lo sabe!

Las personas tendemos a sobrestimar muchos de los rasgos propios: honestidad, capacidad de liderazgo, de observación… Acostumbramos a creer que somos mejores que los demás en una gran cantidad de habilidades y capacidades de lo que realmente somos. Esto concluyeron varios investigadores de la universidad de Texas en un estudio publicado recientemente.

Seguramente, ahora mismo usted estará pensando: “Esto no me ocurre a mí, yo sí que soy una persona objetiva”. Sin embargo, con esa afirmación no haría más que confirmar que también se atribuye más capacidad de objetividad a usted que a los demás.

Esto nos ocurre porque a menudo intentamos justificar nuestros propios actos y hechos. Está claro que hacemos lo que hacemos porque creemos que es lo mejor, lo que no significa que realmente lo sea. Y, obviamente, es más fácil justificarlo si consideramos que las habilidades que nos han ayudado a tomar una decisión concreta o a comportarnos como lo hemos hecho son mejores que las de otras personas.

No solemos tener en cuenta que en nuestros actos influyen una gran cantidad de procesos inconscientes que actúan tanto a nivel cognitivo como emocional y que, además, determinan en gran parte que cualquier capacidad que tengamos sea sumamente mermada en pro de esos procesos.

Procesos inconscientes que nos influyen

Entre estos se encuentran nuestro estado de ánimo o emocional, nuestro estado fisiológico, nuestras motivaciones (entre las que se encuentra la autoprotección) y nuestras experiencias previas (más allá de que las recordemos).

Por ejemplo, sabemos que no compramos las mismas cosas antes o después de comer porque nuestro estado fisiológico (tener hambre) influye en nuestra toma de decisiones. Tampoco tenemos las mismas discusiones o intercambio de opiniones cuando hemos descansado que cuando no. De hecho, es inteligente aplazar discusiones para momentos tranquilos.

Respecto a las experiencias previas o culturales, ¿cuántas veces ha vivido situaciones embarazosas porque ha interpretado algo de una manera determinada, basándose en una experiencia anterior (por ejemplo, algo que pasó en la infancia o incluso lo que usted decidió o reflexionó a partir de ese hecho, o una costumbre propia de su lugar natal) que no tenía nada que ver realmente con lo que había acontecido?

Probablemente, nos iría mucho mejor si consideráramos que es muy posible que lo que estemos viendo o pensando no sea correcto al 100%, debido a las diferentes circunstancias antes mencionadas. ¿Cuántas cosas se nos estarán escapando en cada decisión que tomamos y que no somos capaces de ver (desde nuestro cansancio, tristeza o rabia, nuestra historia previa, costumbres sociales y culturales, hábitos, información, etc.) porque tal vez no somos conscientes de ellas en ese momento?

La excepción

Sin embargo, hay una excepción. Una que encontró este grupo de investigadores de la Universidad de Texas. La única habilidad sobre la que creemos que los demás son mejores que nosotros es la capacidad para recordar nombres. Curioso, muy curioso. Pero, ¿por qué?

Seguramente, porque todos recordamos un episodio embarazoso en el que nos hemos confundido de nombre y hemos llamado a alguien de manera equivocada. Así, mientras todas las demás expectativas sobre nuestras buenas capacidades son más difíciles de negar porque tenemos menos pruebas objetivas que pongan las habilidades de los demás claramente por encima de las nuestras, no hay nada más obvio que equivocarnos de nombre para no poder disimular un error.

Según el estudio, muchas personas, especialmente los adultos mayores, se esfuerzan por recordar los nombres de los demás y son conscientes de este esfuerzo. Nuestras creencias sobre nuestra memoria de nombres pueden ser diferentes de la memoria que tenemos para otras cosas.

Algunas investigaciones han demostrado que los nombres propios son más difíciles de aprender y recordar que otro tipos de información (por ejemplo, ocupaciones), pero pocas han explorado el papel de los factores metacognitivos en el aprendizaje de los nombres propios.

Estamos acostumbrados a decirle a los demás cómo haríamos nosotros algo cuando es obvio que esas personas tendrán mucha más información sobre sus propias vidas que nosotros. Pero lo hacemos. Sin embargo, no se le puede decir a alguien que no se llama como dice llamarse y que nosotros recordamos su nombre mejor que él o ella.

¿Qué pasaría si tuviéramos pruebas objetivas de que alguien es mejor que nosotros en otras habilidades? Depende de la persona, por supuesto, pero en este caso sería muy razonable pensar en dos palabras clave: ego y envidia.

El ego puede no ser tan negativo como creemos, pero solo si tenemos un buen nivel de introspección y somos capaces de revisarnos y tomar la parte que nos ayuda a cuidar de nosotros mismos y de las demás personas.

Solo los individuos que realmente se quieren como son, se aprecian y se cuidan son capaces de no sufrir si se pone encima de la mesa un resultado de comparación en el que salen perdiendo.

Esos son los seres humanos que no necesitan halagos, aunque los disfruten, que son capaces de alegrarse con los éxitos de las personas cercanas (o lejanas), las que ven la grandeza de cada cual, a pesar de que la suya en esa característica o capacidad no sea tanta. Esas son las personas evolucionadas que entienden que estamos en este mundo para hacer equipo y no para ponernos la zancadilla.

Desgraciadamente, esas personas son tan pocas que no se recogen en los estudios, porque si no, no saldría la capacidad para recordar nombres como la única en la que somos objetivos.

Y ahora, dígame: ¿dónde cree que está usted?

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