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Niño con móvil en escalera con gesto apesadumbrado.

¿Han normalizado los más jóvenes la violencia en línea?

Es una realidad que el siglo XXI dio comienzo con la expectativa y el frenesí de nuevos retos, paradigmas, propuestas, etc., como resultado de una nueva cultura contemporánea liderada por los sistemas informáticos.

En las últimas décadas, las Tecnologías de la Información y Comunicación se han convertido en una herramienta que pone el mundo en nuestras manos. Sin embargo, también se han constituido como una plataforma que facilita la aparición de comportamientos de intimidación y exclusión guiados por las relaciones de abuso de poder.

Ciberbullying, ciberacoso, acoso electrónico… Se trata de un fenómeno que usted como lector conocerá, puesto que se ha convertido en la extensión virtual del acoso tradicional, aunque con ciertos matices importantes. Si el acoso tradicional, caracterizado por insultos, amenazas, agresiones, exclusión, etc., se circunscribía a los muros de la escuela, el ciberbullying es más dañino (si cabe) debido a sus particularidades, como la rápida difusión, la ubicuidad y el anonimato tras el que se esconde el agresor.

En este entorno hostil, las víctimas se sienten indefensas ante un agresor, frecuentemente desconocido, y un hostigamiento que no pueden evitar debido a la difícil desvinculación total del uso del móvil o de las redes sociales. Además, el acceso cada vez más temprano a los dispositivos electrónicos (86,7 % a los 10 años) hace que el ciberbullying sea ya un hecho en las etapas de Educación Primaria.

Las pantallas facilitan la violencia

Las innumerables bondades de las tecnologías (anonimato, rápida difusión, magnitud de alcance, etc.), sobre todo en el caso de las redes sociales, han modificado los perfiles de los participantes en el acoso. Concretamente, en el caso de los acosadores, las diferencias entre bullying y ciberbullying son notables y hacen saltar las alarmas por la posible habituación a la violencia que facilitan las pantallas.

En el bullying los acosadores se caracterizan por presentar más inestabilidad emocional, tendencia a la diversión, búsqueda de nuevas sensaciones y comportamiento antisocial. Además, presentan menos comportamientos altruistas y conciliadores, así como niveles superiores en ira y hostilidad, siendo esta última el motor que hace que las víctimas puedan llegar a convertirse en acosadores.

Estos perfiles desadaptativos no son tan claros en el caso del ciberbullying. Así, se ha podido observar que el acoso perpetrado a través de las pantallas no se explica por los rasgos de personalidad, es más, parece que no se diferencie tan marcadamente con los jóvenes que no están involucrados.

Asimismo, se ha demostrado que aquellos menores más osados se sienten más desinhibidos ante las pantallas y, a su vez, son más propensos a ser ciberacosadores, efecto que en el acoso tradicional no ocurre. De la misma forma, en el caso del acoso cibernético ni la ira ni la hostilidad se han relacionado directamente con la perpetración.

¿Es acoso la agresividad verbal?

Además, algunas formas de agresividad como la verbal no son consideradas como actos de ciberacoso por los jóvenes, sino como un modo de acoger y facilitar la comunicación y la interacción entre iguales.

Tal y como se observa, los ciberacosadores pueden llegar a presentar perfiles de personalidad estables, efecto que puede ser debido a la distancia emocional que facilitan las pantallas. Asimismo, es probable que esos perfiles desajustados de personalidad no estén presentes en los primeros contactos, pero sí se desarrollen en etapas posteriores, es decir, que sea más una consecuencia que un factor de riesgo.

Lo que es evidente es que el anonimato tras el que se esconde el acosador y el sentimiento de impunidad asociado facilitan la perpetración y llaman a la necesidad de estrategias de actuación a través de programas para las familias y/o programas de prevención e intervención eficaces que trabajen las esferas personales, como el programa ConRed, el KiVa Program, Cyberprogram 2.0 o el Prev@cib, entre otros.

Responsabilizar a las víctimas

Lo realmente importante es no caer en la trampa de llegar a considerar el ciberacoso como una mera falta de convivencia, responsabilizando incluso a las víctimas por no saber defenderse. Debemos ser conscientes, además, de que los acosadores también son víctimas, víctimas de su propio proceso.

El hecho de que tradicionalmente se haya perpetrado el acoso cara a cara y que en la actualidad se lleve a cabo a través de los medios electrónicos no es más que el reflejo de que la violencia entre iguales es un fenómeno social que va de la mano del desarrollo que experimentan las sociedades.

Hoy son los medios tecnológicos y mañana puede que sean otros medios más avanzados los que faciliten su uso, pero seguiremos hablando de violencia. Es muy delgada la línea que separa el tomar un camino u otro y son los propios jóvenes, como agentes de su propio proceso, los que eligen el camino a seguir. Dotémosles, por tanto, de las herramientas personales necesarias para hacerlo.

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