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Hay una fórmula para saber si una metodología educativa tiene solvencia científica

No todo vale en educación. Básicamente, porque se trabaja con “material sensible”, ya sean chicos o chicas o personas de cualquier edad. Aparte de qué se transmite con la educación, el cómo se transmite también deja una huella física en el cerebro en forma de conexiones neuronales que van a condicionar el carácter, la visión del mundo y la relación con el entorno de estos chicos y chicas, que les influirá el resto de sus vidas.

Nuestro cerebro está preparado y dispuesto para aprender, y cada experiencia puede convertirse en un aprendizaje. Si encuentra placer en este proceso, volverá a querer aprender más. Partimos, pues, de la ventaja de salida. Ahora bien, las diferentes maneras de enseñar a veces no son las mejores para los chicos o chicas de un grupo concreto, o no se ajustan al centro o a nuestras competencias como docentes.

Nuestro cerebro condiciona cómo se construye el suyo, del mismo modo que nuestros profesores y profesoras condicionaron el nuestro, por lo que el primer paso debe ser siempre un ejercicio de introspección y autoanálisis que nos ayude a comprendernos.

Entran muchas variables en juego para poder analizar con rigor el valor del método escogido. En un intento de sistematizar podríamos encontrar tres grandes tipos de metodologías docentes:

  1. Las metodologías fruto de innovaciones estéticas. En apariencia se hacen grandes cambios, pero realmente no se cambia nada. Le cambiamos el nombre, le ponemos algún anglicismo y ya tiene ese toque de nuevo, de fuera, como si lo que viniera del exterior siempre fuera mejor. O le damos una aplicación tecnológica. Pero, analizadas, son experiencias educativas que repiten lo mismo con un “traje” diferente. Por ejemplo, decimos que hacemos un flipped classroom, y quizás solo estamos dando deberes encubiertos, o estamos haciendo pequeños cambios aparentes, sin hacer realmente una clase invertida.

  2. Las metodologías superficiales. Donde los docentes han “oído algo”, se han asomado a un curso y hacen “como si”. Pero esas experiencias solo son roces superficiales de lo que en sí los métodos pudieran generar. Se trata de profesores y profesoras afirmando “yo eso ya lo hago”, tranquilizada su conciencia de estar en la última y no quedarse atrás. Pero no producen ninguna mejora en el aprendizaje de los estudiantes. Por ejemplo, si se pone de moda gamificar, quizás hagamos un kahhot, pero sin ningún sentido profundo de la actitud lúdica.

  3. Las metodologías cuya finalidad última es mejorar el aprendizaje. Pensadas desde cómo aprende el alumno o estudiante. Estas son las maneras de enseñar con base. Son aquellas cuya fundamentación realmente interesa conocer.

A estas propuestas les podríamos pasar el test de “la ciencia en 4D” de J. Purroy, una propuesta desarrollada por este autor para adentrase en el método científico para identificar las ideas pseudocientíficas o acientíficas y que, por lo tanto, se puede adaptar a la neuroeducación.

La primera D hace referencia a los Datos

Para saber si una propuesta metodológica es eficiente necesitamos datos y tiempo para afianzarla. Es básico recoger evidencias, tener parámetros, voces, experiencias… Si no lo hacemos no se pueden sacar datos fiables para investigar, indagar y analizar sobre lo que está pasando en el aula. Muchas veces innovamos sin dar tiempo a consolidar, sin respetar los tiempos para comprobar su viabilidad ni su eficiencia, lo que hace que se produzca un estado de cambio constante.

La segunda D nos habla de la importancia de Debatir

Debatir sobre las experiencias de aprendizaje, compartir y mejorar. Los métodos han de ir acompañados de una buena formación, un buen diseño y revisión constante. Dar tiempo a analizar lo que está sucediendo, compartir con otros compañeros las experiencias metodológicas, contrastar entre todos.

La tercera D es Descartar

Para progresar hay que analizar, descartar y volver a pensar. Aprender del error, estar dispuestos a ir perfeccionando, cambiar consignas o maneras de enfocar el método, crear nuevos espacios para su realización y tener en cuenta otros factores no previstos.

La cuarta D es la Difusión

Difusión de lo que hacemos, compartiendo avances y experiencias, y contrastando resultados. Es la única manera de que la educación avance, compartiendo con los colegas de profesión lo que vamos investigando, experimentando y lo que se va convirtiendo en buenas prácticas.

Y añadiríamos la 5D, de Demostración, poder evaluar los resultados y el proceso de forma dinámica. Evaluación y metodología han de ser diseñadas en concordancia. La evaluación es la mejor estrategia para aprender, para comprobar los aprendizajes. Evaluaciones en todas sus expresiones: iniciales, formativas y formadoras y las de resultados. Evaluar qué se aprende, y también los efectos de cómo se aprende.

Cualquier método, si pasa por las 5D, podremos decir que tiene suficiente solvencia científica. Y eso no significa que sea perfecto.

La neuroeducación, además, nos ayuda a entender por qué funciona lo que funciona en educación, teniendo como base el funcionamiento del cerebro, y eso lo hace todo más comprensible y verificable. Aunque hay mucho aún por seguir descubriendo y trabajando.

Jugando con el título del libro de Jorge Wagensberg A más cómo, menos por qué, la neuroeducación ha venido a dar evidencia científica de el porqué de lo que hacemos en el aula. Por tanto, nuestra propuesta se podría resumir en la siguiente frase: “A más por qué, menos dudas sobre cómo”.