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La Covid-19 revoluciona el sistema de publicación científica

En los últimos meses hemos visto abundancia de prepublicaciones y estudios sobre la COVID-19 y el coronavirus que la provoca. El motivo está en la necesidad de contar de manera inmediata con evidencias y resultados fiables.

En este periodo se han detectado tres tipos de reacciones en la comunidad científica: la de la propia comunidad académica, la de la editorial y la de los especialistas en Inteligencia Artificial (IA), tecnología semánticas y recuperación de información.

Más de una veintena de artículos sobre la COVID-19 han sido retractados, según The Retraction Watch.

Algunos de los estudios retirados habían sido publicados en revistas muy prestigiosas del área –The Lancet y The New England Journal of Medicine–, lo que ha provocado que se cuestionara de nuevo el sistema de revisión por expertos (peer review).

Este sistema representa el primer filtro y la validación por parte de especialistas de los contenidos de un artículo. Las críticas a este proceso han existido siempre, pero en esta ocasión, por el impacto social de la pandemia, han traspasado la frontera de la comunidad científica y alcanzado la esfera pública a través de los medios de comunicación.

La propia comunidad científica ha reivindicado durante la pandemia la necesidad de velar por la calidad de los contenidos y su solidez antes de la publicación.

En este tema, se identifican posiciones para todos los gustos. Vincent Lariviére, un especialista en estudios de la ciencia, dijo recientemente:

Si la revisión por pares fuera un fármaco no llegaría al mercado, ya que no tenemos claras sus ventajas pero conocemos muchos efectos adversos.

Otros defienden el método, aceptando sus limitaciones. Tal y como lo ven algunos expertos, estas retractaciones son la muestra de que la comunidad científica cuida constantemente de los resultados que se producen y se autocorrige.

El peer review no acaba cuando se publica un artículo. Implica un primer control sobre los contenidos, que se produce dentro del equipo editorial de una revista, y con el peso específico de dos o tres evaluadores para cada artículo. Naturalmente, no es un proceso exento de errores. Pero allí donde falla el sistema está la propia comunidad académica que detecta fallos, identifica carencias y descubre debilidades.

Por otra parte, no es solo que los ojos de los académicos estén alerta ante lo que se publica. La publicación científica forma parte de un complejo ecosistema, en el que cada vez hay más herramientas y prácticas científicas recomendadas que permiten incrementar las garantías sobre lo que se publica.

Una de ellas, especialmente relevante en estos días, es la vinculación de un artículo a datos abiertos en los que se basa y su cumplimiento de los principios FAIR (Encontrable, Accesible, Interoperable y Reusable, por sus siglas en inglés, que significan “justo”).

Las reacciones de la comunidad editorial

Más allá de los naturales llamamientos por parte de las asociaciones de editoriales para asegurar la calidad y la agilidad en la evaluación de originales, han sido especialmente destacadas las iniciativas colaborativas entre editoriales.

Se ha visto que la solución al problema de contar con artículos de rápida publicación, pasaba por compartir procesos y recursos. También por crear vasos comunicantes entre estructuras que antes no estaban comunicadas, precisamente por cuestiones de mercado, de competencia entre revistas.

Acelerar las revisiones de los artículos y facilitar el intercambio de informes de revisión entre revistas han sido fórmulas para garantizar revisiones rápidas, pero con garantías.

Si ha habido un foco de interés en esta época de pandemia, que además ha marcado un cambio en la comunicación científica, han sido los servidores de prepublicaciones como MedRxiv y BioRxiv.

Con un crecimiento imprevisto e inundados de artículos (5071 medRxiv, 1317 bioRxiv) han tenido que comenzar a filtrar y rechazar de partida algunos artículos que derivaban a revistas científicas para que los trabajos pasaran por los correspondientes procesos de revisión. Eso hizo bioRxiv con los estudios predictivos basados en cálculo computacional. El riesgo de hacer públicas investigaciones no contrastadas puede causar mucho daño.

Al margen de la gestión de los repositorios de prepublicaciones, son destacables las nuevas iniciativas entre editoriales, por cuanto cambian las dinámicas de lo editorial. PreReview es un ejemplo: una plataforma que permite a cualquier investigador identificado mediante su ORCID solicitar la revisión de una prepublicación.

Esa petición será atendida por toda una red de evaluadores que se han comprometido a realizar evaluaciones rápidas, basadas en un cuestionario estructurado y que conducen a decidir si ese texto debe pasar a revisión por expertos, ya en el marco de una revista científica.

Así se crea el vaso comunicante, pues se produce un trasvase de textos desde los servidores de prepublicaciones a las revistas científicas, impulsado por los propios investigadores. Es una iniciativa que trasciende a los sellos editoriales particulares. Se trata de una acción editorial conjunta, infrecuente en un mercado tan competitivo como el de la edición académica.

Merece la pena detenerse en cómo la gobernanza de la ciencia se modifica en parte. Sale un poco del radio de acción de las grandes editoriales académicas y reposa un poco más en las necesidades reales de la comunidad académica, en la acción colectiva editorial, en los principios de la ciencia abierta y, desde luego, en los grupos y entidades que promueven la integridad de la investigación y las nuevas formas de evaluación científica. Todo ello muy relacionado entre sí.

Colaboración, intercambio de datos e IA

La Inteligencia Artificial es una aliada clave en el tratamiento de grandes corpus de textos científicos, en la búsqueda sobre ellos para localizar datos, hallazgos relevantes o asociaciones entre temas. Ha permitido de algún modo ordenar y filtrar entre el maremágnum de literatura científica que se ha producido durante la pandemia.

Un desarrollo anunciado por Nature, Scite.ai, permite ver la red de citas que recibe una prepublicación, ya sea para validarla o refutarla. Esto ayuda a discernir entre lo que puede ser valioso y lo que no.

Lo abierto, ya sean textos, datos o citas, es crítico en la comunicación científica actual. Porque textos, datos o citas son bases también del trabajo realizado por los equipos de Semantic Scholar y el Instituto Allen: están compartiendo miles de textos aunados en el corpus CORD-19 (COVID-19 Open Research Dataset). Equipos de IA de todo el mundo desarrollan herramientas para responder a preguntas de la comunidad científica que pueden ser respondidas a partir del análisis de ese inmenso corpus.

Uno de ellos ha sido el grupo Ontology Engineering Group (Universidad Politécnica de Madrid), que ha desarrollado un buscador terminológico para contribuir a esta tarea: https://oeg-upm.github.io/covid19/.

Estas aplicaciones, que han constituido una solución ante la avalancha de publicaciones científicas, hacen pensar de algún modo que la ciencia abierta ha acabado de arraigar con la COVID-19.

Ya no basta, además, con disponer de literatura científica y datos en abierto. Su estructura y su marcado semántico son esenciales para poder analizar y encontrar aquello que la comunidad científica –-y la sociedad– quiere encontrar. Muchas grandes editoriales y productores de contenidos de perfil internacional lo tienen claro desde hace tiempo y han afrontado con determinación su transformación digital. De ello depende, por ejemplo que recibamos con puntualidad lo que publican, que lo encontremos fácilmente y bien posicionado en buscadores y que puedan ofrecer contenidos de manera inmediata.

Así ha sucedido durante la pandemia: la comunidad académica ha podido acceder a miles de artículos científicos para su consulta pero también para su tratamiento mediante técnicas de minería de datos.

De la transformación digital de las editoriales seremos beneficiarios todos los académicos, tanto para el acceso a la literatura científica y a los datos, como para su uso con fines de investigación. Pero es necesario considerar un factor crítico, relacionado con el hecho de que la comunicación de la ciencia es multilingüe.

El inglés es necesario para difundir, hacer visibles e intercambiar resultados de investigación con académicos de todo el mundo. Eso está fuera de toda duda. Sin embargo, tanto para la comunicación entre especialistas dentro de un país o de una región, como para la comunicación con la sociedad, las lenguas nacionales y locales son necesarias.

Por ello, además de admirar y valorar las innovaciones que se están produciendo en la comunicación científica, debemos preguntarnos hasta qué punto esas transformaciones pueden darse y proponerse en las estructuras editoriales del conjunto de países de habla hispana.

Apenas ha habido artículos científicos en español sobre la COVID-19 en revistas científicas de España. Esto se relaciona con que los artículos españoles han sido enviados a revistas internacionales. La ciencia producida en español, los nuevos hallazgos y los nuevos datos no se han publicado en revistas científicas nacionales, sino en medios de comunicación generalistas y más especializados, como SINC o The Conversation.

Los ritmos de evaluación, la publicación de números cerrados que no permiten la publicación según finaliza la evaluación, la falta de dinamismo en redes, lo “estático” de las estructuras editoriales y los formatos de los contenidos son algunos de los factores que han influido en esta situación.

Al mismo tiempo cabe preguntarse de qué forma las comunidades académica y editorial españolas participan en las redes internacionales que se organizan para agilizar la evaluación y mejorar la disponibilidad de contenidos científicos rigurosos. ¿Participamos en las infraestructuras y organizaciones internacionales? ¿Qué implica eso para la comunicación científica en español? ¿Debe la comunidad iberoamericana participar más activamente o proponer sistemas cooperativos y colectivos para afrontar el desafío de comunicar la ciencia en español?

Quizá debería haber un mayor compromiso de la comunidad académica por cuidar la comunicación científica en español, como una derivada más de la difusión de su actividad. Pero también debería haber una reflexión colectiva, seguida de acciones, por parte las instituciones de política científica y lingüística para que las estructuras editoriales de nuestros países pudieran afrontar una verdadera transformación digital. Así lograremos que los contenidos científicos en español puedan ser versátiles, valiosos y visibles para la comunidad académica hispanoblante y para nuestras sociedades.

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