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¿Por qué se asocia al murciélago con el mito del vampiro?

Nunca tuvo el pobre murciélago buena fama en Occidente. Su aspecto curioso, así como el hecho de ser un mamífero volador de extrañísimas costumbres, que además es reservorio para un elenco de enfermedades infecciosas, le ayudaron más bien poco. Son escasos los lugares, como China, en los que el murciélago goza de algún prestigio.

Ya Publio Ovidio Nasón (43 a. e. c.-17) en sus Metamorfosis contaba que Hermes, para dar ejemplo, castigó a una de las hijas pecadoras del rey Minias de Beocia convirtiéndola en un murciélago de horripilante aspecto. En eso mismo quisieron transformar mucho tiempo después los historietistas Bob Kane (1915-1998) y Milton “Bill” Finger (1914-1974) al multimillonario Bruce Wayne, a fin de que, entre otras cosas, infundiera el terror a los abyectos y chiflados criminales que habría de combatir. Batman iba a ser el “señor de la noche”.

Se trata, obviamente, de una conexión milenaria motivada, en gran medida, por el aspecto de estos animales. Pero también incentivada durante siglos tanto por su forma de vida como por una peculiar, confusa e imaginativa caracterización taxonómica que tardó mucho en verificarse.

Los ratones voladores de la noche

Frente a lo que se suele creer, que los murciélagos fueran considerados una manifestación del vampiro fue antes por una extraña asociación entre ciencia, cultura y antropología que por las leyendas vampíricas balcánicas.

Aunque en la década de 1750 ya se habían identificado y descrito muchos animales de costumbres hematófagas, fue en ese momento cuando proliferaron en los tratados de historia natural los llamados “murciélagos vampiros”, la mayoría erróneamente caracterizados como tales por mera similitud física, cuando la base de su dieta no era la sangre.

La existencia de aquellos extraños “ratones voladores” de la noche que parasitaban a otros animales fue utilizada por muchos intelectuales de la época como “prueba decisiva” de que el vampirismo era posible como forma de vida para un mamífero. Y, por añadidura, de que sobrevivir alimentándose de la sangre de otros era factible. Poco importó que esta vinculación entre vampiros y murciélagos hematófagos fuera fruto de una biología fantasiosa y descontextualizada.

No hay que perder de vista que, desde tiempos ancestrales se asumía como cierta la asociación entre sangre, alma y vida.

De Sudamérica, no de Rumanía

Todas las especies conocidas de murciélagos chupasangre proceden de Sudamérica, muy lejos de donde las crónicas sitúan a los vampiros (Europa del Este, sobre todo). Pero esto no supuso un obstáculo para los constructores de leyendas. Tampoco lo supuso el hecho de que muchas especies de quirópteros sean en realidad insectívoras y/o frugívoras, y que fueran consideradas “vampiras” o “carnívoras” por mero error.

Parte de la culpa fue de Carl von Linné –Linneo–, que en 1758 catalogó erróneamente a una nueva especie localizada en Ecuador: el Vampyrum spectrum. Aunque hoy es conocido como un “falso vampiro”, el error del afamado naturalista atizó la fantasía colectiva. Proliferaron, a partir de entonces, las descripciones de murciélagos hematófagos, a los que se consideraba como seres especialmente crueles, malvados o insidiosos.

En consecuencia, los murciélagos, a los que se venía cargando de mitologías y fábulas desde los días de Ulisse Aldrovandi (1522-1605) hasta los de Georges Cuvier (1769-1832), espolearon con fuerza la imaginación de viajeros, escritores y artistas de los siglos XVIII y XIX. Aquello contribuyó a la expansión entre el vulgo de infinidad de errores, no solo acerca de la naturaleza y forma de vida de estos mamíferos, sino también, y por mera asociación de ideas, en torno a la cuestión misma del vampirismo.

La realidad es que solo se conocen tres géneros de quirópteros de costumbres completamente hematófagas, todos ellos tradicionalmente incluidos en la subfamilia Desmodontinae. Hay estudios que han probado que se corresponden a una subfamilia, la Desmodinae, de la familia Phyllostomatidae. Las especies de murciélagos vampiros de estos tres géneros (el Desmodus rotundus, el Dyphilla ecaudata y el Diaemus youngii), todas ellas sudamericanas, son más similares anatómicamente entre sí que con cualquier otra especie de quirópteros.

El murciélago vampiro común, Desmodus rotundus. Balizar/Shutterstock

Por ello, los zoólogos estiman que el hábito de alimentarse de sangre podría tener un desarrollo evolutivo específico, lo cual implica que podrían compartir un único ancestro.

La metamorfosis en murciélago no fue un invento de Bram Stoker

La verdad es que los “murciélagos vampiros”, así como la metamorfosis persona-murciélago, dotaba a cualquier historia que un relator avispado pusiera en imprenta de un carácter exótico, funesto, muy apreciable para la estética en boga del goticismo.

El conde Drácula no se metamorfoseaba en murciélago porque fuera ni remotamente una condición intrínseca al vampirismo balcánico que lo inspiró. Lo hacía, más bien, por un mecanismo de préstamos, intercambios y vulgarizaciones culturales de ida y vuelta, que partían de considerar a los murciélagos hematófagos como “vampiros”.

Y esta metamorfosis tampoco fue un invento de su creador, el irlandés Bram Stoker (1847-1912), pues se trataba ya de un lugar común en los libros de viaje de la época.

Por ejemplo, el explorador y taxidermista Charles Waterton (1782-1865), en el relato de sus viajes por Sudamérica, explicó que buscaba lugares para dormir en los que pudieran habitar los “murciélagos vampiros”, esperando ser su víctima para así narrar con detalle sus costumbres. Estaba tan fascinado por ellos que los llamaba “cirujanos nocturnos” y los perseguía con afán. En sus imaginativas experiencias, se advierten los cauces inspiradores de muchos de los cuentos vampíricos escritos a partir de 1850.

La sangre de la boca era suya

Lo cierto es que solo los datos reelaborados a posteriori parecían apuntar en la dirección de que el vampiro balcánico se alimentaba exclusivamente de sangre.

En la inmensa mayoría de las tradiciones que nos han llegado, no eran las víctimas vampirizadas quienes se decían exangües, sino que era la boca del vampiro exhumado la que se presentaba a ojos de los testigos con las comisuras de los labios ensangrentadas. Pero la realidad es que los fluidos que impregnaban la mortaja –o que rodeaban al cadáver–, dándole un aspecto inquietantemente repulsivo, no eran otra cosa que restos de putrílago comunes al proceso de descomposición cadavérica.

Del mismo modo, su aspecto “rubicundo”, e incluso su inopinada gordura, son manifestaciones no comprendidas entonces del proceso de descomposición cadavérica.

Pero es más divertido contar leyendas. Y los murciélagos, vinculados desde la Antigüedad con toda suerte de diablos, perversiones y maldades –y mal caracterizados por la ciencia del momento–, eran una opción ideal.

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